Café con el Pequeño Filósofo

Preguntar la hora

12.11.10 | 08:45. Archivado en Costumbres
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(Madridpress) Le pregunté la hora y enseguida caí en la cuenta: ya no se pregunta la hora. Ni siquiera recuerdo la última vez que lo escuché. ¿Por favor, tiene hora? Antes sí. Antes se preguntaba con frecuencia, normalmente el joven al adulto, y la pregunta solía contener implícito un tono de respeto. Era el adulto quien poseía un reloj. El joven se contentaba con la información puntual gracias a la condescendencia de otro. Por eso cuando le pregunté la hora, a pesar de que aquel tipo era algo más joven que yo, lo hice involuntariamente con modestia, con la sensación de inferioridad de quien posee menos y se ve obligado a manifestarlo.

Ahora ya no se pregunta la hora. Nadie necesita preguntarla porque hasta los más jóvenes llevan un teléfono móvil que lo primero que ofrece es la hora. Y no sólo es el móvil. El cuadro de mandos del coche no se concibe ya sin su reloj y su termómetro. Los ordenadores, que miramos durante no menos de ocho horas diarias, nos dicen en qué momento del día nos encontramos con sólo mirar en la esquina inferior derecha. También los televisores al presionar un botón del mando a distancia, el microondas aunque no se la pidamos, los anuncios publicitarios en la calle, las marquesinas donde esperamos el autobús.

La hora se impone, está presente allá donde miramos. Paradójicamente el tradicional reloj de pulsera se ha vuelto superfluo. Si hoy se siguen vendiendo relojes es por razones diferentes a la de dar la hora. Algunos fabricantes invierten fortunas para anunciar sus productos, utilizando para ellos la imagen de personajes célebres como Fernando Alonso, Elsa Pataky, Pedro Duque o Alejandro Sanz. Si se venden relojes de pulsera es por lo que pueden simbolizar cuando los llevamos en la muñeca: estilo, éxito, belleza. También por simple adorno, por prestigio o por afán de coleccionista. Por eso, quien quiere vender muchos relojes de pulsera deberá apañárselas para que sean lo suficientemente caros. Si son baratos, no tienen sentido.

Ya digo que me sentí como un niño al preguntar la hora pese a que el interrogado era más joven que yo. No es que me faltaran relojes, es que no podía leerla. Me habían dilatado las pupilas para un examen oftalmológico y era incapaz de enfocar la vista hacia unos números muy pequeños en la pantalla iluminada del teléfono. El tipo, al ver que me aproximaba a él en plena calle, adoptó una actitud casi defensiva. ¿Me puede decir la hora? Y le sonó raro. Ya no es normal. Ahora la pregunta parece más una maniobra de acercamiento o de distracción. Si alguien quiere darte un palo y robarte la cartera por sorpresa seguramente empezaría por preguntarte la hora. Encendió la pantalla de su móvil sin dejar de mirarme, vigilando mis movimientos, atento quizá a que no sacara un objeto contundente del bolsillo de la gabardina, y en un movimiento fugaz de los ojos leyó la hora y me la dijo. Las siete y cinco. Y le faltó decir: qué pasa. Cuando se alejaba todavía echaba miraditas hacia atrás para proteger su retaguardia. Él pensando lo peor y yo sintiéndome como un niño.


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