(Madridpress) Andando por la calle me crucé con un tipo corriente y pensé: ése es Alberto Moravia. O mejor dicho, ése fue Alberto Moravia. O para ser más rigurosos, así era Alberto Moravia. Precisamente llevaba en el bolsillo un ejemplar de El desprecio, y su lectura envolvente había producido en mí no sólo el impulso habitual de imaginar físicamente a los personajes, sino también a hacerme una idea de los rasgos y las poses y los movimientos de su autor, que hice corresponder a su vez con los del protagonista. Tal efecto me produjo la lectura de la novela que prescindí incluso de la imagen conocida de Michel Piccoli cuando dio vida a Riccardo Molteni en la película de Jean-Luc Godard.
Jamás había visto un retrato del escritor italiano y sin embargo lo imaginé moreno y delgado, con un rostro serio y curtido que desprendía cierta luminosidad de hombre intelectual cuyo sentido del humor se halla tan por encima de la media que no le merece la pena contar chistes. Puestos a inventar, imaginé que su afición por la bebida y el tabaco eran algo más que una actitud, como si nadie más que él pudiera disfrutar tan intensamente de los vicios, pese a estar al alcance de cualquiera. El desprecio que sentía hacia los demás no se fundaba en razones objetivas sino que provenía más bien de su propio inconformismo y de su interacción con el entorno. Su relación con las mujeres adolecía de una distancia infranqueable que hacía imposible la relación duradera si no era a costa de un desmedido sacrificio de la otra parte. Poseía talento artístico para producir cantidad y calidad sin concederle la menor importancia pero prefería ofrecer su obra en pequeñas dosis. Todo esto no era más que una fabulación surgida durante la lectura.
La curiosidad me pudo y al llegar a casa busqué en internet. En la fotografía que encontré, tomada a sus cuarenta años, descubrí que, si bien respondía a mi pequeña descripción física, lo cual no era difícil, no se parecía tanto al tipo que me crucé por la calle como al que había creado libremente en mi imaginación. Otra instantánea, unos diez años anterior, mostraba un Moravia más resplandeciente, vestido con un polo abotonado hasta arriba, la chaqueta al hombro pendiente de dos dedos y un sombrero común como los de los matones de la mafia. Aquí parece capaz de correrse las juergas nocturnas más disparatadas mientras escribe en los días intermedios las mayores obras de la literatura universal. Existen otras, más próximas a su muerte en 1990, pero en esa época hacía demasiado tiempo que había terminado El desprecio y ya no me interesaban.
De las pequeñas notas biográficas que leí se desprendía que la descripción de Moravia que inventé podía coincidir con la realidad o no, pero me incliné a creer lo primero. Algunos datos conocidos respaldaban mi hipótesis, como que vivió en Roma entre 1907 y 1990 y que en realidad no se apellidaba Moravia sino Pincherle; o que gracias a una prolongada enfermedad infantil leyó tanto que acabó por publicar uno de sus grandes éxitos, Los indiferentes, a los veintidós años. Ciertos aspectos de El desprecio me servían para abundar en lo mismo, como el gusto de Riccardo Molteni por los dramas teatrales frente a los guiones cinematográficos de producciones comerciales o el tormento que sufre a causa de que su mujer, por una razón que él ignora, comienza a mostrarse fría y arisca hasta el punto de reconocerle que lo desprecia y que eso no cambiará ya nunca.
Luego resultó que no, que Moravia no sentía ese desprecio enfermizo por quienes lo rodeaban, que publicaba tanto como podía, que escribía para revistas y que llegó a fundar más de una, que participó en la política de su tiempo y que representó a su país en el Parlamento Europeo. Pero sí es cierto que Moravia se separó de su esposa después de veinte años de matrimonio, así que parece más que probable que algunas de las ideas plasmadas en la novela las tomara, aunque fuera indirectamente, de su experiencia personal. No podemos conocer la profundidad de esa experiencia. Lo que conocemos, porque lo leemos en El desprecio, es que por la cabeza del escritor circuló la idea de una ruptura extrema, plagada de desencuentros con su pareja a cual más incómodo; de un distanciamiento progresivo y alarmante que ninguno de los dos puede contener, aunque uno quiera y la otra no; del tormento de ignorar los motivos de esta frialdad y no poder así ponerle coto ni culpar a nadie; de la incertidumbre absurda de no saber cómo comportarse para no hacer más profunda la brecha.
Ignoramos si tuvo la desgracia de experimentar todo esto en carne propia, pero en cualquier caso su biografía no debería dejar de recoger, como uno de sus hechos más destacados, que Moravia fue capaz de recrearlo en un papel. Por lo demás, no voy a creerme ahora buen fisonomista. Moravia me lo había puesto fácil.
Martes, 29 de mayo
Juan Luis Recio
Patricio Peñalver
Ángel Sáez García
Mª Rosario Aldaz Donamaría
Antonio García Fuentes
Julián Moreno Mestre
Julio César Izquierdo
Carlos Juan Gómez Martín
Paulino Toribio
Peio Sánchez Rodríguez
José Donís Català
Chris Gonzalez -Mora