(Madridpress) Si cuento todos los libros que tengo en mi biblioteca personal probablemente no pasan de cuatrocientos. Después de muchos años de leer, el resultado parece corto. Uno lee despacio y con atención, parando a veces para reflexionar sobre lo leído, comparándolo con otras lecturas previas, anotando las impresiones que sugiere. Algunos libros dan para varias lecturas a lo largo de los años: El jardín de las dudas, La importancia de llamarse Ernesto, Rojo y negro, El general en su laberinto, La colmena, Beber de cine, Adiós a Berlín, Hedda Gabler. En opinión personalísima, y dicho entre paréntesis, lo bueno de leer por segunda o tercera o enésima vez un mismo libro no es el ahorro económico sino las nuevas visiones que el texto ofrece, la posibilidad de captar otros detalles que se iluminan con otra luz cuando ya se conoce el final, la inmersión más completa en el mundo que recrea el autor.
(Madridpress) Nunca estaremos seguros de por qué nos gusta una novela, una película o un cuadro. Para llegar a tan importante conclusión intervienen factores que están fuera de nuestro control. Sería ridículo decir que nos gusta la paella porque es amarilla o el vino porque contiene la cantidad justa de alcohol. Hay un sabor, unas sensaciones que no podemos explicar de forma racional. Es posible que En busca del tiempo perdido nos guste porque su protagonista es sensible y capaz de extraer la esencia de las cosas con su observación detenida, pero un personaje con idénticas cualidades inserto en otra ficción puede resultarnos soso o cursi y provocarnos repugnancia.
(Madridpress) Le pregunté la hora y enseguida caí en la cuenta: ya no se pregunta la hora. Ni siquiera recuerdo la última vez que lo escuché. ¿Por favor, tiene hora? Antes sí. Antes se preguntaba con frecuencia, normalmente el joven al adulto, y la pregunta solía contener implícito un tono de respeto. Era el adulto quien poseía un reloj. El joven se contentaba con la información puntual gracias a la condescendencia de otro. Por eso cuando le pregunté la hora, a pesar de que aquel tipo era algo más joven que yo, lo hice involuntariamente con modestia, con la sensación de inferioridad de quien posee menos y se ve obligado a manifestarlo.
(Madridpress) Andando por la calle me crucé con un tipo corriente y pensé: ése es Alberto Moravia. O mejor dicho, ése fue Alberto Moravia. O para ser más rigurosos, así era Alberto Moravia. Precisamente llevaba en el bolsillo un ejemplar de El desprecio, y su lectura envolvente había producido en mí no sólo el impulso habitual de imaginar físicamente a los personajes, sino también a hacerme una idea de los rasgos y las poses y los movimientos de su autor, que hice corresponder a su vez con los del protagonista. Tal efecto me produjo la lectura de la novela que prescindí incluso de la imagen conocida de Michel Piccoli cuando dio vida a Riccardo Molteni en la película de Jean-Luc Godard.
Martes, 29 de mayo
Juan Luis Recio
Patricio Peñalver
Ángel Sáez García
Mª Rosario Aldaz Donamaría
Antonio García Fuentes
Julián Moreno Mestre
Julio César Izquierdo
Carlos Juan Gómez Martín
Paulino Toribio
Peio Sánchez Rodríguez
José Donís Català
Chris Gonzalez -Mora