Café con el Pequeño Filósofo

Federalismo lingüístico

29.10.10 | 08:42. Archivado en Costumbres
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(Madridpress) ¿Abrir la exclamación y luego cerrarla o simplemente cerrarla suprimiendo de nuestro idioma uno de sus signos de siempre? La lengua evoluciona no a fuerza de mandatos académicos sino siguiendo los dictados de la calle, lo que se habla mayoritariamente en cada provincia del idioma. La Academia después lo recoge y sistematiza, dota al lenguaje de una coherencia que ya hemos apuntado antes en una charla de amigos. Los primeros usos de una palabra, una frase, una expresión nueva o extraña pueden tomarse por zafiedad, ignorancia, rebeldía insana, pero su uso continuado obliga a adoptarla como parte del todo y en menos de lo que pensamos pasa de neologismo a clásico.

El mensaje de Hugo Chávez en Twitter nos recuerda lo mismo. “Cuánto dolor! Qué gran pérdida sufre la Argentina y Nuestra América!” De toda la vida, en español, las exclamaciones se abren y se cierran, igual que las interrogaciones. Eso era lo correcto. En inglés, también de toda la vida, no se usa la primera, y en lenguaje cibernético se esquilan las palabras y las frases para despojarlas de lo superfluo o por desidia. El inglés y lo cibernético se van colando en nuestras bocas, nadie lo niega. Y eso participa en el desarrollo de la lengua. Nuestro diccionario ya recoge bit y web, y hace mucho tiempo también waterpolo. El primero en usarlo en esta tierra era un esnob. Ahora no hay otra forma mejor de decirlo. Escritores de prestigio personalizan el idioma para servir a sus fines y a nadie se le ocurre decir que Saramago era un zafio por prescindir de los puntos, los apartes o los interrogantes.

Ya tenemos claro, y lo sentenció Cabrera Infante, que “el español es demasiado importante para dejarlo en manos de los españoles”. Muñoz Molina se dio cuenta de que los españoles no somos los dueños de la lengua sino una provincia del idioma, una minoría, que no lo hace avanzar más que los hispanohablantes de Colombia, Buenos Aires o Nueva York. Y las motivaciones de éstos y de tantos otros para moldear la lengua son dispares y la consolidación de esas variaciones en cada provincia, en cada comunidad de hablantes, depende del uso particular en ese sitio.

El idioma es federal. El nuestro y cualquier otro. A un estado podemos tratar de ponerle límites, acotaciones de poder, lo que sea. La lengua se expande de manera natural, a cada palabra que vamos pronunciando y escribiendo, y fluye a veces desbocada, sin control. No conocemos hoy las palabras de mañana. Ahora no sabemos si las exclamaciones cercenadas de Chávez y de tantos otros perdurarán, igual que no llamamos río a un curso de agua hasta que no lo vemos llegar al mar.


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