Café con el Pequeño Filósofo

El alma de la ciudad

22.10.10 | 08:26. Archivado en Costumbres
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(Madridpress) Un accidente en la calle 30, como se le llama ahora. Hierros retorcidos, una rueda despedida, cristales rotos esparcidos por el asfalto. Un líquido maloliente empapa el firme negruzco, una columna de humo sirve de señal a los conductores y a los vecinos de que algo ha ocurrido y de que las consecuencias se van a dejar sentir un buen rato. Y además los heridos, o los muertos. Un accidente en las vías rápidas no se salda sin pérdidas humanas o sin grandes sustos. Los coches se paran y el colapso va creciendo a cada segundo. Qué habrá pasado.

Unos malabaristas que en ese momento cruzaban la pasarela aprovechan el parón para ejecutar sus cabriolas entre los coches y plantar el sombrero hacia arriba para sacarse unos euros extra. Después llegan algunas grúas de esas que van pululando por el asfalto para asistir a los averiados. Coches de policía, bomberos, ambulancias. Las camillas se llevan algunos cuerpos a toda velocidad y las ambulancias desaparecen. Entre los que quedan van retirando los vehículos al arcén, algunos subiendo a las grúas. Se abre un carril, luego otro y más tarde el tercero. Los malabaristas, que han ido adentrándose en el embotellamiento, saltan el quitamiedos y dan por concluido su espectáculo. El tráfico avanza, la masa sólida se va diluyendo y en unos minutos el tráfico es el que era, vivo, constante, con esa fluidez temerosa a punto de quebrarse al menor estornudo.

La ciudad ha reparado la herida, ha disuelto el coágulo que la estrangulaba. Otros coágulos se van formando en distintas arterias y allí también habrán de actuar las asistencias. Mientras, uno de los heridos se debate entre la vida y la muerte, otro ya ha perdido esa batalla. Algunas heridas no se reparan a tiempo, son irreparables, el daño es otro. En los pasillos del hospital diez, quince, veinte familiares se preguntan cómo fue, si llevaba el cinturón, si se sabe algo, si hay posibilidades. Un drama de dimensión universal que se repite cada día en alguno de los hospitales de la urbe casi como cosa cotidiana.

Pero la ciudad respira. La calle 30 absorbe miles de coches por hora en un tránsito que no distingue nombres ni personas. A la ciudad no le importa si estamos vivos, moribundos o muertos. La ciudad ha reparado sus heridas, la sangre fluye a trompicones, con paradas, desvíos, baipases, lo que haga falta. La ciudad no tiene alma, o la tiene podrida, pero cuenta con los mejores cirujanos.


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