(Madridpress) Ya antes de comenzar la lectura de Invisible, de Paul Auster, y también durante buena parte de su recorrido, uno se pregunta el por qué del título. ¿Hay algún personaje con aspiraciones de ser invisible, que se crea que lo es, que lo sea? ¿Hay algo que el lector sepa que existe pero que se le niegue verlo? La curiosidad pica, aunque no es imprescindible saberlo. Todavía no nos ponemos de acuerdo en el motivo por el que Stendhal tituló Rojo y negro a una de sus novelas, y esto ni le añade ni le resta mérito al relato.
Tras la lectura completa confirmamos que lo invisible es precisamente lo que queremos saber, lo que ocurrió realmente en la historia que se nos cuenta. En una entrevista que concedió Auster con motivo del lanzamiento de la obra, reconoció que “éste es el libro de lo invisible. Tal vez la verdad es invisible”.
El autor juega con la verdad, con los aspectos que nos hacen dudar de los hechos o las culpabilidades, con los puntos de vista. Después de la primera de las cuatro partes en que se divide la novela, nos damos cuenta de que lo leído es una narración realizada cuarenta años después de que sucediera. Eso significa que ya el narrador no es el dios omnisciente cuyas afirmaciones resultan incuestionables. De hecho, poco a poco iremos cuestionando todo lo que se dice, según pasamos a otro narrador o a otro tiempo verbal. Ni siquiera en esto el lector puede fiarse.
Invisible presenta una estructura compleja, estrellada en el sentido en que la narración va y viene pasando por las manos de un narrador que va repartiendo turnos de palabra y que resulta ser el principal. Esto no sólo nos aporta múltiples puntos de vista sobre un mismo hecho sino que nos hace comprender que podrían existir tantos como queramos, con matices variados que dan a una misma cosa colores diversos de forma que, nuevamente, la verdad es polimórfica o mutable o inasible, y por tanto invisible.
Muchos lectores entusiastas de Auster encuentran una falla en el desenlace de sus narraciones. El autor, dicen estos seguidores, se ha metido en un laberinto tan alambicado que no sabe cómo salir de él. Lo que hace en esta ocasión es que desvía el foco de atención a un personaje que, siendo muy importante, no es el verdadero protagonista, de quien ya apenas sabemos nada en el cuarto capítulo. Y nos lo sitúa en un paisaje remoto, inaccesible, apartado de los escenarios donde se desarrolló todo lo anterior. Se supone que esta desviación servirá para aclarar lo ocurrido, el meollo de la novela que ejerce de motor para los movimientos de los personajes, pero nos encontramos con que algunas cosas, algunos hechos, los más importantes quizá, quedan en el aire.
Si decíamos que el título es lo de menos, al final resulta que no es así. Pocas veces el título ha sido tan útil como en Invisible, que se convierte en coartada para dar sentido a una historia que, si bien nos ha parecido absorbente gracias entre otras cosas a lo desbocado de su discurrir, desde el inicio no tiene otro destino que quedar parcialmente sin resolver.
Martes, 29 de mayo
Juan Luis Recio
Patricio Peñalver
Ángel Sáez García
Mª Rosario Aldaz Donamaría
Antonio García Fuentes
Julián Moreno Mestre
Julio César Izquierdo
Carlos Juan Gómez Martín
Paulino Toribio
Peio Sánchez Rodríguez
José Donís Català
Chris Gonzalez -Mora