Café con el Pequeño Filósofo

Tworki (El manicomio)

01.10.10 | 08:40. Archivado en Literatura
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(Madridpress) El pasado marzo el editor de Acantilado Jaume Vallcorba trajo a Madrid a Marek Bienczyk para presentar en la librería Rafael Alberti su novela Tworki (El manicomio). Así supimos, los que no hablamos el idioma polaco, que Tworki se pronuncia algo así como Forqui, para entendernos, y que no significa manicomio sino que es el nombre de uno de ellos que se encuentra a unos veinte kilómetros de Varsovia y que ya existía durante la ocupación alemana de mitad de siglo.

Es difícil enterarse de lo que está pasando fuera de nuestra casa, de nuestra ciudad y todavía más de nuestro país. Y si hablamos de un lugar que nos resulta tan remoto como Polonia, de donde apenas importamos cultura, más aún. Resulta que esta novela fue saludada en 1999, fecha de su lanzamiento en Polonia, por Milan Kundera con un “A menudo la narración se transforma en canto, las palabras y las fórmulas se repiten como estribillos, aparecen rimas, el vuelo de la palabra no decae y nos lleva y arrastra hasta el final del libro…” Podría haber dicho que estábamos ante la mejor novela escrita en la pasada centuria, por encima de La montaña mágica, de Cinco horas con Mario o de En busca del tiempo perdido, y tampoco nos habríamos enterado si no fuera porque existen editores afectados por esa inquietud invencible de buscar tesoros siempre más allá y de mostrar el cofre encontrado.

En la mayor parte de su extensión, Tworki nos cuenta cosas pequeñas, muy pequeñas, las dudas de un joven sobre cómo será recibido en su nuevo empleo, los motivos por los que un enamorado compra un regalo a su amada en Navidad, la organización de los bailes en una fiesta. Y sin embargo no dejamos de percibir las grandes catástrofes humanas del siglo. Todas las acciones, todas las palabras, están impregnadas de un poso de amargura por la tierra ocupada, se ven lastradas por aura de represión que no se nota en lo palpable pero que encoge el alma. Si no conociéramos la Historia, todas estas menudencias se quedarían en un simple relato costumbrista, que aunque nos parece estar muy bien llevado no presentaría para nosotros la ambición de perdurar más allá de la anécdota. Sin embargo, los recuerdos y el conocimiento elevan la narración sobre lo cotidiano y la transforman en un documento considerable y trascendente.

Se vale Bienczyk de unos juegos con el lenguaje que no suelen darse en la literatura seria de ningún tiempo. Las rimas de las que habla Kundera son bagatelas, simplezas que revelan la intimidad más recóndita de los personajes: “el brebaje que se bebe en los celajes”, “Antiplatón a Sonia, salve y gloria”, “Embriaguemos el corazón de esperanza como si ambrosía fuera: si vale la pena esperar algo, es a que llegue Primavera”. Los personajes tienen sus peculiaridades que los hacen simpáticos, como los motes de los internos (Goethe, Durero…) o la pegadiza construcción de frases que sitúa los verbos al final.

Se trata de una lectura exigente que requiere una concentración continuada superior a la habitual para captar los detalles. En ciertos aspectos recuerda al Joyce más profundo de Ulises, y también encontramos elementos comunes con Pabellón de reposo de Cela. El original de Tworki debió de ser un ejercicio de artesanía minucioso por la parte que tocaba al autor. En la versión actual de Acantilado, imaginamos un trabajo ímprobo y tenaz para dar con una traducción que, sin perder el contenido de lo que se cuenta, imite los malabares lingüísticos de un idioma tan diferente.


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