(Madridpress) Algunos ayuntamientos han tenido la feliz idea de incrementar el impuesto sobre bienes inmuebles en un veintidós por ciento, incremento que sólo encuentra justificación si estamos muy por la labor de justificarlo. Y algunos, aunque parezca una locura, lo estamos. Más impuestos, como decía un ministro que lanzaba un globo sonda a la ciudadanía, suponen más servicios. Deberíamos felicitarnos, entonces. Lo malo es que estas subidas de ahora no van a servir para pagar nuevos servicios, que nos harían mucha ilusión, sino para pagar los de antes, esos que generaron una deuda que no van a terminar de cancelar nuestros hijos. Por eso, aunque estemos dispuestos a justificarlos, nos cuesta.
Cuando se trata de impuestos estatales, la cosa está muy mirada quizá porque de estas medidas se obtienen aquellos resultados en las urnas. Pero cuando hablamos de municipales, bien sea porque la correspondencia entre el trabajo del gobierno y el sentido del voto parece menos directo, bien porque la deuda deviene insostenible, apenas existen miramientos y el administrado se ve más vendido que Cristo en la cruz. En este caso la justificación es aún más difícil.
Si uno no está de acuerdo con que le suban un veintidós por ciento el precio del café, hay una cosa que puede hacer: no tomar café en esa cafetería y buscar otra. Es la competencia y el libre albedrío del consumidor lo que hace funcionar este sistema. En materia fiscal, las administraciones no tienen competencia. Si el ayuntamiento sube los impuestos uno no puede optar por dejar de pagarlos y acogerse a otra administración más benévola. En materia fiscal, las entidades concurrentes tienen siempre derecho al cobro. Hay que pagar a la una, a la otra y a la de más allá. Y no hay lugar a negociación. Uno puede recurrir un impuesto que considera injusto o desmedido, pero en lo que se cursa la apelación debe pagar igualmente so pena de querer ser embargado y tratado como un delincuente. Luego el recurso no va a ningún lado, naturalmente, porque si existiera alguna posibilidad de prosperar aquí no pagaba impuestos ni el ministro de los globos.
¿Qué le queda entonces al ciudadano? Una opción sería meterse en política para cambiar las cosas. Teniendo en cuenta la cantidad creciente de descontentos que pululan por el país, la cantidad de políticos pronto iba a superar a la de súbditos de a pie. Otra opción, ésta más verosímil, consiste en tomarlo con filosofía, tratar de contentar el ansia recaudadora de nuestras administraciones aflojando el bolsillo y, a cambio, exigir que esos dineros vayan a parar a buen fin. Uno de los motivos por los que nos molesta tanto pagar estos impuestos es, a parte del valor monetario, que no vemos que ello redunde en beneficio directo del pagador.
Pese a que pagamos, algunos religiosamente, nuestros impuestos no siempre somos tratados por el personal de nuestras administraciones con un mínimo de consideración. Esta sería una mejora muy deseable que al menos justificaría parcialmente estos incrementos. Pero seguimos topando con algunos funcionarios, esos trabajadores cuyos sueldos pagamos todos, que nos perdonan la vida cuando nos responden de malos modos a una cuestión de su negociado, aunque sea su deber respondernos porque es lo único que justifica su nómina. Afortunadamente no es siempre, pero en ocasiones nuestras gestiones con el aparato municipal se ven entorpecidas por la desidia de algunos trabajadores a quienes este nombre les viene grande y que olvidan que si a alguien se deben no es al alcalde, ni al concejal ni al jefe de su sección, sino al ciudadano que todo lo financia.
La segunda opción, la de tomarlo con filosofía y exigir a cambio un mínimo de calidad y de consideración al administrado, puede llevar a alguno, haciendo pleno uso de sus derechos, a escribir una carta al alcalde en la que le diga que sí, que estoy dispuesto a pagar estos tributos e incluso a hacer ulteriores esfuerzos en materia fiscal y de otra índole, pero que a fulanito de Gerencia Urbanística, a menganito de Bibliotecas Municipales y a otros cuantitos nombrados con su cargo correspondiente, me los pone usted en la calle. Por respeto al personal.
Hay quien dice que Esperanza Aguirre, con esto de los liberados sindicales, ha recibido una de estas cartas.
Martes, 29 de mayo
Juan Luis Recio
Patricio Peñalver
Ángel Sáez García
Mª Rosario Aldaz Donamaría
Antonio García Fuentes
Julián Moreno Mestre
Julio César Izquierdo
Carlos Juan Gómez Martín
Paulino Toribio
Peio Sánchez Rodríguez
José Donís Català
Chris Gonzalez -Mora