Café con el Pequeño Filósofo

El escritor torturado

23.07.10 | 08:23. Archivado en Literatura
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(Madridpress) Todos conocemos la crudeza del mercado editorial. No nos suena raro cuando oímos que tal novelista se pasó quince años escribiendo y enviando sus manuscritos a las editoriales hasta que por fin alguien se dignó a leerlo. Sabemos que el oficio de escritor está plagado de dificultades, que un intelectual ante el papel en blanco es como el explorador que de pronto se encuentra en medio del desierto sin una indicación que le muestre el camino, que el afortunado que consigue publicar un texto que le costó dos años de trabajo rara vez obtiene una remuneración suficiente para subsistir dos meses. Pero la gran muralla china de los que empiezan es la primera lectura que nunca llega, la opinión autorizada que te dice que sí o que no tiene cabida en una colección, que tu obra podría funcionar con unos cuantos retoques o que no hay por donde cogerla.

Para el escritor porfiado que tarda en recibir esa primera opinión existe el riesgo de enloquecer, de quedarse en nada, de ser demasiado tarde para tomar otro camino en la vida, de encontrarse a los cincuenta sin ingresos ni cobertura de desempleo ni posibilidad de llevarte al bolsillo lo que cuesta un menú en el polígono. Un amigo mío, compañero de fracasos, cansado de enviar manuscrito tras manuscrito sin siquiera unas palabras de agradecimiento, no pudo soportar la presión y un día se dirigió al 662 de la avenida Diagonal de Barcelona dispuesto a todo. Se apostó detrás de una farola, a la sombra de un plátano, y esperó con la misma tenacidad con que ha estado escribiendo estos años hasta que vio aparecer al editor Jómer Herrando. Se acercó a él, le puso una estilográfica sin tinta en la garganta y lo subió a un autobús.

La sorpresa de Herrando ante los métodos del escritor tuvo que ser tan magnífica que no supo reaccionar hasta que se vio sentado en una vieja silla atado de pies y manos. Los ojos se le abrieron de incredulidad cuando vio que mi amigo le ponía un tocho de setecientas páginas delante de las narices y comenzaba a pasar las hojas ayudándolo a leer. No se irían de aquella habitación de pensión inmunda hasta que no obtuviera un informe sobre su obra, aunque fuera negativo. Estaba dispuesto a renunciar allí mismo a escribir una sola palabra más si obtenía un veredicto de persona autorizada. Tras largas horas, el veredicto llegó, a la fuerza pero llegó, fue todo lo negativo que cabe esperar de un novelista metido a secuestrador y las extremidades del editor fueron liberadas de sus ataduras como habían acordado.

A estos extremos se puede llegar por la desesperación, y aún diría que a mucho más teniendo en cuenta que somos más o menos medio millón de escritores censados o sin censar. En algunas editoriales empiezan a plantearse la necesidad de escoltas no sólo para directivos y editores sino también para los lectores. Lo curioso del caso de mi amigo es que al ir a salir de la habitación recibió un impacto de realidad y temió una lógica acusación posterior por secuestro, así que le dijo a su víctima que de esto ni una palabra. “Si me entero de que te chivas, lo cuento todo sobre ti,” dijo al azar, como si estuviera en una de sus novelas detectivescas. Al editor, que ya se las prometía felices, le cambió la cara. “¿Todo?” Ignoramos qué pasó por la cabeza del pobre Herrando en ese instante: el fichaje secreto que preparaba sobre un escritor de éxito de Alfaguara, el baile de números en la declaración de hacienda, su lío con la maquetadora o cualquiera sabe; el caso es que funcionó.

Hoy mi amigo no es un escritor de éxito. Pero tampoco le importa. Ahora tiene un puestito en el departamento editorial de Seix Barral o una de éstas y le dice a Muñoz Molina y Martínez de Pisón por dónde deben enfocar sus tramas, que personajes no están lo bastante definidos, en qué pasajes deben suprimir el exceso de adjetivación y todo eso. Ni uno ni otro le hacen el menor caso, ya saben que cada vez que van a publicar tienen que aguantar la monserga de un especialista que una vez fue escritor. Pero mi amigo está tan feliz con su sueldito y con pertenecer de modo tangencial al mundo de los libros, y Jómer Herrando, aún ignoramos el motivo, lo mantiene en su silla ante la junta directiva como si fuera el pilar básico de la empresa editora.


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