Café con el Pequeño Filósofo

Unidad

09.07.10 | 08:07. Archivado en Costumbres
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(Madridpress) La supuesta desunión de los españoles no es de los españoles entre sí. A los españoles no les molesta el del otro lado, salvo a los cazurros, pero éstos no deberían contar. El problema de los españoles radica en los gobernantes, en los urbanistas con ideas, en las prebendas colosales, en los derechos adquiridos. Pero los gobernantes nos quedan demasiado lejos. Lo que tenemos más cerca, pretendida prolongación de los gobernantes, es la administración pública, formidable monstruo que nunca se agota, agujero negro que todo lo traga, camada de lobeznos hambrientos de lo nuestro, grupo de desmemoriados a quienes a veces habría que recordar que están ahí por nosotros y sólo por nosotros.

Estamos seguros de que no todo es así, de que hay más garbanzos blancos que negros, de que hay mejoras en cada ejercicio. Y sin embargo tememos a la administración, a la ventanilla cerrada, al vuelva usted mañana de Larra. Si cuando llegamos al final de la fila el funcionario de turno dice que nos falta un papel nos cagamos en la madre que nos parió pero no sirve de nada porque el trámite queda abortado. Sabemos que el papel faltará, que la firma no será del todo legible, que pasó el plazo de presentación, que se requiere un trámite previo en otra ventanilla. Hacemos cola antes de que abran el corral, como en las rebajas del corte inglés, como el toro que cocea contra el portón antes de salir al ruedo, para que luego nos claven. Formamos una cola de vuelta a la manzana desde el alba, nos levantamos de la cama resignados a bregar con negociados y departamentos y unidades. Y en la fila hablamos unos con otros, renegamos de las consejerías, intercambiamos condolencias. Y entonces encontramos un poco más de unión, y alguien dirá que la administración pública está cumpliendo una función.

Buscamos la unidad en un grupo de chavales que corren sobre el verde vestidos todos del mismo color, y que luego se corren sus juergas donde la prensa no les ve porque la unidad les importa tanto como el federalismo. Ahora sí se pueden ondear banderas patrias, ahora sí podemos sentirnos rojos, y por unos días no seremos fachas ni desfasados. Un balón al aire y todo el mal del mundo en un rincón, fuera las diferencias inventadas, camaradería, recuerdos históricos comunes a ser posible deportivos, aquel entrenador gallego, el gol de un catalán, la parada del castellano. Todos a una en lo que nos importa, la competición contra el de más allá, que ese sí que es malo. Pero un mundial dura lo que se tarda en destripar un estatuto, y entonces cada cual a lo suyo y el enemigo en casa.


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