Café con el Pequeño Filósofo

Los tipos duros no bailan

02.07.10 | 08:40. Archivado en Literatura
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(Madridpress) Lo cuenta Norman Mailer en su novela del mismo título: una noche Frank Costello estaba sentado en un club nocturno en compañía de su rubia y de Rocky Marciano, Tony Canzoneri y Dos Toneladas Tony Galento. Frank le dice a Galento que saque a bailar a su novia y éste se resiste pensando que no está bien acercarse demasiado a la chica del jefe. Pero Frank insiste y al final Galento se ve obligado a dar unos pasos, eso sí, manteniendo la distancia, después de lo cual Frank le dice lo mismo a Canzoneri, que accede sin rechistar, y más tarde a Rocky Marciano. La rubia aprovecha para decir al oído del boxeador que interceda para que sea el jefe quien baile con ella. De vuelta a la mesa los tres púgiles se sienten ya más tranquilos y, con todo el tacto de que son capaces, empiezan a pinchar al gran hombre para que complazca a la señorita; incluso ella suplica: sí, ¡por favor…! Finalmente Costello niega con la cabeza y dice: “Los tipos duros no bailan.”

Es una cuestión de imagen, supongo. Algo similar ocurre en Grease, cuando Danny Zuko y su amigo Kenickie tienen momento seudo sentimental y están a punto de abrazarse cuando llegan los colegas a interrumpir la escena; entonces se separan de un golpe, miran cada uno a un lado, sacan sus peines y recolocan su pelo engominado. Hay algunas poses con las que no quieres que te asocien los demás.

En la novela de Mailer la imagen es una cuestión fundamental para los chicos de Provincetown. Que te hayan visto llorar te quita el crédito ante los demás, y si han olido tu ropa empapada de orines cuando has estado en peligro serás el hazmerreír del lugar y sus alrededores durante el resto de tu vida. Más te vale emigrar. Si sencillamente no caes bien a la gente, es suficiente para que te endilguen una cabeza cortada con un hacha y te carguen con el muerto.

Los tipos duros no bailan es una novela sucia, impregnada de perversiones, en la que no hay una sola concesión a lo bello, salvo que entendamos por bello una borrachera monumental que nos hace olvidar lo vivido durante las últimas doce horas. Ya sólo el lenguaje utilizado, tanto por ellos como por ellas, no pasaría la censura de los bienpensantes si de éstos dependiera la publicación de la obra, pero son las ideas degeneradas y violentas que hay detrás de aquellas palabras las que acaban por introducirnos en un submundo mugriento del que no podremos ya salir sin apestar a heces y carnes putrefactas.

Salvo raras excepciones, y muy secundarias, todos los personajes sacan lo peor de sí mismos durante toda la trama, y también en las retrospectivas en que se da cuenta de su pasado. El lector se pasa la narración intentando extraer algún rasgo virtuoso de su protagonista, Tim Madden, “escritor fracasado adicto al bourbon, los cigarrillos y las rubias casquivanas y adineradas”, y cuando lo consigue se da cuenta de que ha encontrado no más que una pepita de oro entre montones de estiércol.

Por lo demás, se trata de una novela policiaca que sólo podría ser escrita en los Estados Unidos, al igual que las de David Goodis o Dashiell Hammett, con personajes y paisajes extremos que nos costaría reproducir aquí. Quizá por eso, por la atracción hacia lo lejano e ignoto, hacia lo que quede fuera de nuestro hábito cotidiano, el relato nos resulta tan seductor y nos obliga a leer cada una de sus páginas con el ceño fruncido y una mano protegiéndonos el cuello de un hachazo traicionero.


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