(Madridpress) Los diarios son un género literario profundo y eterno. Existen desde siempre, al alcance de cualquiera que posea un lápiz y sepa juntar letras, y a veces alcanzan la categoría de publicables. Los de Andrés Trapiello reciben el nombre de Salón de pasos perdidos, y suelen crecer a ritmo de un tomo anual en el que se recogen las pequeñas cosas de la vida del escritor, sus paseos, su familia, las pesquisas por el Rastro, sus fines de semana en Las Viñas. Juan Bonilla hablaba en su día, cuando la aparición del volumen número catorce, del legado que va a suponer esta gran novela. En cierto modo recuerda a En busca del tiempo perdido, el nombre que le dio Proust a su serie de siete novelas que ha quedado como uno de los edificios literarios más sólidos de la historia.
Algunos le critican a Trapiello que en estos diarios suyos se encuentran cosas demasiado pequeñas, excesivamente cotidianas, como que mientras esperaba a que el semáforo se pusiera en verde para cruzar la calle su mirada se topó con la de una mujer que le recordaba a fulanita, pero después el semáforo cambió de color y dejó de pensar en ello, o que sentado al escritorio le ha dado por decirse a sí mismo que su vida es aburrida porque carece de toda emoción y que la cambiaría por cualquiera. Este tipo de vivencias mínimas, las que tenemos todos pero no sabemos contar, a algunos les parecen demasiado insignificantes como para darlas a la imprenta. Pero así eran muchas de las cosas que nos contaba Proust, pequeñas como migas de magdalena, y a base de miguitas levantó un suculento pastel.
Otros se fijan en que este Salón de pasos perdidos es un diario con trampa porque su redacción definitiva no es la original, la que quedó en el cuaderno en el momento en que se escribieron las vivencias, sino la que surge de una revisión a fondo practicada cinco años después, lo cual adultera la espontaneidad del libro. Esto tiene mucho que ver con la intención de quien lo escribe. Por ejemplo, los diarios de Kafka se publicaron sin revisiones de adecentamiento por parte del autor, lo cual se explica porque su objetivo no era la de dar publicidad a esas anotaciones caprichosas que realizaba en sus cuadernos. De hecho, Kafka dejó instrucciones a su albacea para destruir todos sus papeles, incluyendo aquellos cuadernos. Parece que el escritor checo escribía estos diarios más por necesidad que por interés. Por eso encontramos algunas entradas sin sentido para nosotros, frases abandonadas a medias, esbozos de cartas, errores, pasajes repetidos, etcétera. No sé cuántas veces me he encontrado el siguiente pasaje: “Al hablar de repente se me escapó de la boca un poco de saliva, lo cual fue un mal presagio.” La frase se repite de vez en cuando en el transcurso del diario de 1911, con ligeras variaciones, como si el autor hiciera un ejercicio de estilo introduciéndola en pasajes diferentes.
Los de Trapiello aportan otro elemento objeto de no pocas objeciones: sus críticas a personajes reales, reconocibles, especialmente a escritores contemporáneos. No le gusta la actitud de tal novelista, el último libro de Zutano carece interés, el editor de aquel sello ha perdido el criterio, lo que sea. Aparte las rencillas que pueda ocasionar, esas páginas se leerán con agrado dentro de un par de décadas, y de ahí a futuro, como se leen hoy los encontronazos entre Lope y Góngora o entre Umbral y cualquiera de sus enemigos declarados.
Trapiello quiere publicar sus escritos, todos ellos, y lo consigue. No todo el mundo puede decir lo mismo. Hay escritores, menos renombrados, que no encuentran el modo de dar publicidad a sus menudeos mentales; debe de haber cientos de miles de manuscritos dormitando para siempre en los cajones de cientos de miles de escritorios. Literatura perdida, buena o mala, pero perdida. Sin embargo existe también el caso contrario. Ya hemos dicho que Kafka no quiso publicar sus textos más personales, pero su amigo y albacea Max Brod desobedeció su deseo y gracias a esa deslealtad hoy podemos leer aquellas pequeñeces del escritor checo en las que algunos ven grandezas. Otro que tuvo reparos a la hora de publicar sus diarios fue Elías Canetti. Según su voluntad no deberían publicarse sus diarios hasta 2024, es decir, treinta años después de la muerte del escritor de origen búlgaro. De momento la voluntad de Canetti se está respetando, y llevamos ya casi la mitad del periodo de veda. Confiemos en que para cuando llegue el momento en que se levante la prohibición siga habiendo algún editor interesado en publicar lo que Canetti se empeñó en ocultar por pudor.
De algún modo estos artículos, de blog o de periódico digital, también son una especie de diario de sus autores. Quizá no son tan minuciosos ni tan íntimos, pero reflejan un sentir casi diario. Hoy tenemos la suerte de que si queremos publicar, lo hacemos aunque no sea en papel. Otra cosa es el predicamento que alcancemos.
Martes, 29 de mayo
Juan Luis Recio
Patricio Peñalver
Ángel Sáez García
Mª Rosario Aldaz Donamaría
Antonio García Fuentes
Julián Moreno Mestre
Julio César Izquierdo
Carlos Juan Gómez Martín
Paulino Toribio
Peio Sánchez Rodríguez
José Donís Català
Chris Gonzalez -Mora