(Madridpress) La originalidad es una de las características que más valoramos a la hora de enjuiciar una novela o una película. Diez invitados a una isla desierta se quedan incomunicados durante un fin de semana y empiezan a morir uno a uno cumpliendo los mandatos de una vieja canción. Dos extraños que viajan en un mismo tren acuerdan asesinar cada uno al enemigo del otro para formarse coartadas perfectas. Hay planteamientos de partida que lo llenan todo. Después el autor debe trabajar en ello, buscar el mejor punto de vista, construir unos personajes atractivos, dosificar la información a lo largo del relato y todo eso. Pero a veces da la sensación de que ese argumento impactante constituye no menos que la mitad del trabajo, que una vez puestas unas bases tan apetecibles sólo hay que dejar que la historia se escriba por sí sola.
El planteamiento de Two lovers es casi un tópico. Un joven que busca su sitio en la vida se ve en la encrucijada de decidir entre la hija de un empresario que lo quiere con amor demasiado sincero y a quien su familia ve con buenos ojos y la vecina atractiva y problemática que lo utiliza para escapar de sus embrollos. Una situación incómoda que hemos visto de cerca, si no en nuestras propias carnes. Más allá del vago parecido con las Noches blancas de Dostoievski, también nos suena de películas anteriores, como Un lugar en el sol, en la que Montgomery Clift oscila entre Liz Taylor y Shelley Winters, o Match Point, en la que una desconocida Scarlett Johansson pone en problemas a Jonathan Rhys Meyers sin que se entere la enamoradiza Emily Mortimer.
Con tal propuesta inicial, no es raro que el espectador acuda a la sala con algún prejuicio. Y sin embargo la historia se vive como si no existieran precedentes. Asistimos sorprendidos al primer encuentro con la vecina con la impresión de que nos esperan nuevas emociones, nos late el corazón a baquetazos cuando los amantes deciden romper con todo y desaparecer, nos sabe la boca a bilis durante la entrevista en la que el héroe afirma que será un buen chico con su novia oficial, nos avergonzamos ante la actitud del tipo que espía sin ser visto o que disimula para hacerse el encontradizo, casi bajamos la mirada ante el anillo arrojado al agua. Parece difícil que el tópico nos altere de esta forma, y sin embargo lo hace. Asimismo consigue inocularnos algunas incógnitas que nos acompañarán durante todo el metraje: si el protagonista será capaz de aprender algo de estos varapalos que está a punto de sufrir, si recuperará algún aprecio por la vida o seguirá tentando a la muerte en la bahía, si logrará encontrar algún sentido a un tipo de existencia dominado los negocios seguros y planes de pensiones y exento de tormentos mentales.
Pero todavía hay una guinda: el desenlace es tan previsible que no te lo esperas. Oti Rodríguez Marchante, que pese a hablar siempre de lo mismo tiende también a la originalidad, dice de Two lovers que sus “ahogos o desahogos finales te abren el pecho como si se te hubiera desabotonado algo”. Hay otras formas de explicar lo mismo, pero para eso hay que ser original. Al final, previsible u original, salimos del cine con la convicción de que los destinos de los personajes no podían ser otros, que partiendo de esos tipos y esas situaciones todo lo acontecido era absolutamente inevitable.
Martes, 29 de mayo
Juan Luis Recio
Patricio Peñalver
Ángel Sáez García
Mª Rosario Aldaz Donamaría
Antonio García Fuentes
Julián Moreno Mestre
Julio César Izquierdo
Carlos Juan Gómez Martín
Paulino Toribio
Peio Sánchez Rodríguez
José Donís Català
Chris Gonzalez -Mora