(Madridpress) Dije Hola y me respondió Buenos días. Tan sencillo como eso, lo de todas las mañanas, lo normal, lo correcto, lo que nos enseñaron desde pequeños y nos quedará hasta la última palada. Pero aprendí con Dostoievski que del asunto más insignificante o de apariencia más trivial se acaba construyendo un mundo. Miré a mi vecina según se alejaba y me dio por pensar que ese Buenos días no era casual, que su saludo llevaba una intención más allá de la buena urbanidad, y que tal vez me estaba reconviniendo por una actitud que juzgaba impropia.
Porque, vamos a ver: un Hola es mucho más informal que un Buenos días, y un Buenos días a secas no alcanza la categoría de un Buenos días señor Pérez. Si yo digo Buenos días señora Martínez y ella me contesta Hola, parece como si no le estuviera dando importancia a mi saludo y me castigara con una expresión más baja porque este servidor no merece más; al esfuerzo de una construcción larga, cortés, especialmente considerada por incluir la palabra Señora más una pizca de acercamiento al añadir su nombre, ella me estaría respondiendo con un monosílabo común que podría pronunciar cualquiera en una conversación de suburbio. Por supuesto, peor sería que no me contestara en absoluto; entonces pensaría que no me ha oído, que es sorda, que está sufriendo un trauma momentáneo que no le deja espacio en la cabeza para nada más, que me guarda rencor por no haberla invitado a la barbacoa del sábado… Pero no es el caso de mi vecina.
Podemos ir más allá. Si a mi Buenos días señora Martínez me contesta con un Buenos días, sin más, todavía estaría mostrando una superioridad jerárquica, algo parecido a la distinción que hacemos entre el tú y el usted, y eso puede acabar generando una relación desigual: en las reuniones de vecinos deberé cederle la palabra e incluso callarme cuando me interrumpe, o aceptar que la pérgola que va a colocar en su terraza proyecte una sombra continua sobre mi pequeña palmera hasta acabar por marchitarla.
Ahora bien: si yo digo Buenos días señora Martínez y ella devuelve un simple Buenos días pero le acompaña una sonrisa a la vez que me mira a los ojos con cortesía, entonces todo está salvado. Con esa sonrisa se puede admitir todo, incluso un simple Hola o un silencio sumado a un sutil gesto con las cejas. La conexión gestual libre de palabras también lo puede todo; sólo así se explica que un español sin conocimiento de idiomas pueda tomarse una cerveza en Kenia y ligar con una lugareña. Lo que demuestra que no hay en nuestra existencia ningún aspecto demasiado pequeño. Es más, en no pocas ocasiones lo más pequeño es lo que cuenta.
A la tarde volvimos a encontrarnos en el ascensor. Dije Hola otra vez, sin pensar si sería el saludo adecuado, incluso ignorando que quizá haría mejor esperando a ver por dónde me salía ella. Mi vecina contestó ¿qué tal? con una mirada directa a mis ojos, y entonces me desconcertó. Eso no lo esperaba yo. Parecía decirme mucho más que un vulgar saludo, como si existiera entre nosotros un asunto de antes, una corriente que ya nos arrastraba juntos. Desde entonces sé, sin la menor duda, que la vecina está en mi misma onda, que seremos socios en la próxima reivindicación vecinal y que podré confiar en ella para que cuide de mi perro durante mis vacaciones.
Martes, 29 de mayo
Juan Luis Recio
Patricio Peñalver
Ángel Sáez García
Mª Rosario Aldaz Donamaría
Antonio García Fuentes
Julián Moreno Mestre
Julio César Izquierdo
Carlos Juan Gómez Martín
Paulino Toribio
Peio Sánchez Rodríguez
José Donís Català
Chris Gonzalez -Mora