(Madridpress) Hace un par de años el ministro de Industria realizó una de las apuestas más valerosas que puedan imaginarse, la que iba a marcar su mandato con letras de oro, la que dejaría en la memoria de sus administrados una huella más imborrable que la dejada por Carlos III en Madrid o por Napoleón en toda Europa: suprimir la corbata de los trabajadores en verano. Un gesto tan sencillo liberaría el cuello de cientos de miles de oficinistas en los meses de calor, con lo que su sensación de ahogo se aliviaría considerablemente, no siendo así necesaria tanta potencia en el sistema de aire acondicionado de los edificios. El beneficio final sería una reducción de las emisiones y un ahorro energético considerables. Pero no era hablar por hablar. El equipo había trabajado lo suyo aportaba datos: sólo en el edificio del Ministerio ahorraríamos seis mil euros al mes.
La propuesta podía ser audaz y genial si tenía éxito; una majadería si fracasaba. Hoy no se habla de ello. En las oficinas lucen corbatas aquellos que deciden lucirlas, bien por obligación, por imposición, por coquetería o por llevar la contraria. Pero a nadie se le ocurre apelar a la moción del Ministerio para decidir sobre el atuendo de los trabajadores. No obstante, Sebastián sigue siendo Ministro.
El mismo prócer dio la campanada con otra idea genial, consistente en sustituir las bombillas tradicionales por las de bajo consumo. Esto parecía definitivo. El sistema antiguo había cumplido su función hasta el momento presente pero se imponía una modernización radical. Las nuevas lámparas ahorrarían otro porrón de kilovatios en cada casa y además gozaban de una longevidad que nos haría olvidarlas una vez colocadas. Esta gran medida debía suponer un paso importante hacia nuestra recuperación económica. Hasta se permitió regalarlas.
Sólo por la fuerza, porque dejan de venderse las tradicionales, se están imponiendo las bombillas de bajo consumo. Se oyen voces en contra cada vez que se habla de ellas. El otro día Ángela Vallvey se lamentaba de haber cambiado todas las bombillas de su casa con entusiasmo para enterarse después de que “emiten radiofrecuencias biológicamente dañinas”, que contienen una sustancia tóxica y cancerígena y que su reciclaje es problemático. Regalos aparte, las lámparas en cuestión cuestan un pastón. Pero hay un último detalle del que no se suele hablar: iluminan menos. La habitación agraciada con el nuevo invento se empapa de una luz sideral, como de película de ciencia ficción, y nos sumerge en un sueño donde los objetos de siempre parecen otros. Que la modernización en los sistemas de iluminación domésticos nos conduzca a una visión más reducida no parece un avance para sentirse orgulloso.
A día de hoy, al menos atendiendo al último viernes, Miguel Sebastián sigue siendo ministro de Industria. Éxitos o fracasos aparte, lo cierto es que el político se lo merece. El jefe le pidió que pusiera la cara en las municipales madrileñas cuando todo el mundo sabía que se la iban a partir. Los sondeos estaban en contra y un cambio de última hora en la candidatura no hacía sino ahondar la sima entre el partido y el electorado. Pero el candidato la tenía suficientemente dura, la cara, y la recompensa posterior bien valía unas bofetadas. Una vez en el sillón, la cara curtida y todo a favor, cualquier idea, por brillante que parezca, será avalada por el jefe.
Martes, 29 de mayo
Juan Luis Recio
Patricio Peñalver
Ángel Sáez García
Mª Rosario Aldaz Donamaría
Antonio García Fuentes
Julián Moreno Mestre
Julio César Izquierdo
Carlos Juan Gómez Martín
Paulino Toribio
Peio Sánchez Rodríguez
José Donís Català
Chris Gonzalez -Mora