Café con el Pequeño Filósofo

Escribir como se habla

30.04.10 | 08:27. Archivado en Literatura
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(Madridpress) A veces la gran dificultad del escritor es la materialización de sus fantasías. El paso de la idea al papel implica un tránsito plagado de dificultades que hacen que el mensaje inicial tenga pocas probabilidades de subsistir al final del proceso. Hablamos de escribir como se piensa, es decir, poner en el papel todo aquello que pasa por la imaginación saltando el paso previo de pronunciarlas. En la imaginación las historias de un novelista suelen ser más completas que por escrito. La mente abarca todo en una fracción de segundo: ambientación, colores, actitudes, acciones y hasta diálogos. En cambio, el acto de traducir esas ideas a palabras y ponerlas en el papel exige mucho más tiempo, minutos, horas. En ese tránsito, gran parte de esas ideas se van perdiendo, o quedan desdibujadas o asaeteadas por otras que han surgido inmediatamente después o contaminadas por una oleada de realidad, de forma que por muy rápido que el escritor teclee, por muy virtuoso que sea con la pluma, lo pensado anteriormente produce un resultado incompleto.

Sin embargo hay algunos escritores que tienen el don de reproducir en letra todo lo que bulle en la imaginación, o de repetir en la mente lo imaginado sin merma de su contenido tantas veces como sea necesario para copiarlo en la página dando la sensación al lector de que no existió transición alguna. Se trata de una virtud que tiene algo de enfermedad, pues se parece mucho a una hemorragia o a una diarrea que no emana de una herida ni del culo, sino de la mente a la vez que de la punta de los dedos.

Uno de esos escritores sería Alejandro Dumas, quien para darnos una idea de la historia que nos va a contar en La mujer del collar de terciopelo, inserta un prólogo de setenta páginas en el que dibuja el perfil de su amigo Charles Nodier, que se la contó en su lecho de muerte pero que no interviene en ella para nada. Una cuarta parte del relato empleado en una presentación que, si nadie le hubiera tocado el hombro por detrás para recordarle el objeto de su trabajo, podría crecido sin descanso hasta formar un volumen de las mismas proporciones que El conde de Montecristo.

También tenemos el insólito caso de Vázquez Figueroa. En un programa de Sánchez Dragó, el escritor canario empezó a responder a la primera pregunta, referida a sus inicios literarios que tenían que ver con su infancia africana. Vázquez Figueroa hablaba y hablaba sin parar, desarrollando toda una historia sobre sus experiencias personales en el desierto que bien podría formar parte de una de sus novelas. Lo hacía con tanto detalle y tanto entusiasmo que uno se olvidaba de que nos encontrábamos en una entrevista. Hasta que Dragó tuvo que interrumpirlo: “si empiezas así, no voy a poder formularte ni la mitad de preguntas que tengo preparadas.” Vázquez Figueroa tiene carrete, una asombrosa facilidad para que ese rollo, según le sale de la boca, presente la coherencia y el interés que se necesitan para dar vida a un relato de los que publican las grandes editoriales y luego son traducidas a un porrón de idiomas.

Hay otros, como Marcel Proust, Stendhal o Umbral, que pensaba en literatura. Lo que a uno le gustaría es contagiarse, aunque fuera en unas pequeñas gotas, de esa enfermedad, de esa efusión fantástica o fabuladora para que lo que escribe no le cueste sangre.


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