Café con el Pequeño Filósofo

Disparen sobre el pianista

02.04.10 | 08:05. Archivado en Literatura
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(Madridpress)La calidad artística es relativa. Decir que esta o aquella película es buena no supone un acto de objetividad mayor que decir que en 2020 se fundirá el polo sur. El éxito de un cineasta o un novelista, que en cierto modo es objetivo porque las ventas sí pueden medirse, no depende exclusivamente de la calidad de su obra sino de una serie de factores que si se pudieran concretar de antemano cualquiera podría hacer un superventas. Y, pese a lo que digan algunos, no todo el mundo puede crear un fenómeno como La catedral del mar. Somos objetivos cuando decimos que una película o una novela nos gusta o no nos gusta, porque nadie mejor que nosotros mismos para conocer la impresión que nos ha producido, pero jamás cuando sentenciamos que es buena o mala.

Una vez establecida esta perogrullada, diremos que Tirad sobre el pianista es, para muchos, una gran película. Como tal se la recuerda después de cincuenta años, aparece en algunas listas de las mejores películas de la historia, la tenemos por una joya del cine negro y como uno de los hitos de la nouvelle vague. En cambio la novela en la que se basa pasó casi desapercibida. Pocos sabían que el guión de Truffaut era una adaptación, y casi nadie conoce el nombre del autor primero. David Goodis, de quien se dice que era autor de novelitas de kiosco, tituló su obra Down There, que se tradujo al español como Música en el fango. Después del éxito de Truffaut el nuevo título, que es mucho más llamativo, se impuso sobre el original y la reciente edición de RBA ha optado, igual que otras ediciones de los años 80, por la variante Disparen sobre el pianista, que tiene pinta de título definitivo. Ni que decir tiene que muchos hemos reparado en lo anterior sólo gracias a esta nueva edición.

La novela es lo suficientemente atractiva como para que un director emergente se fijara en ella y apostara por su adaptación. Va directa al asunto, sin adornos, y consigue con creces lo que sin duda era su principal misión: entretener. Además retrata un aspecto inquietante de la sociedad estadounidense de la época, con personajes incómodos y todo eso en lo que no nos vamos a detener porque somos lectores de kiosco. Al probar las dos versiones, diríamos que la novela no pertenece al grupo de las que se ven superadas por la versión en celuloide, como Extraños en un tren o Tener y no tener, a pesar de que la cinta eclipsó del todo al papel.

Los habrá que prefieran la versión original de Goodis y los que se queden con la adaptación de Truffaut, pero ambas tenían ingredientes suficientes para triunfar. Por eso nos preguntamos por qué la segunda lo hizo y la primera no. Quizá el francés estaba en el lugar oportuno en el momento adecuado, que eso de la nouvelle vague quedaba muy intelectual y tenía mucho de lanzadera. Quizá el americano carecía del glamour necesario para hacerse querer en las editoriales, ya fuera por su afición al alcohol o por la sospechosa rapidez con que finalizaba sus relatos. Quizá se tratara de consideraciones relativas al mercado editorial que subsisten en nuestros días. Lo que sí sabemos es que el éxito es caprichoso, que no depende de circunstancias predecibles, y que algunos artistas, por más que hagan -y los hay que hacen mucho-, morirán pobres y despreciados como las ratas.


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