Café con el Pequeño Filósofo

La canasta gigante

26.03.10 | 08:10. Archivado en Costumbres
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(Madridpress) A veces tenemos visiones extrañas, apariciones imposibles, imágenes insólitas que por un momento juramos que son reales. Si lo estamos viendo es que existe, no puede ser de otra manera, pero la duda llega de inmediato porque lo que presenciamos se escapa con mucho de todo aquello que hasta entonces hemos considerado como posible. Un perro que se endereza sobre sus patas traseras y señala son su zarpa al viandante que orina en la vereda, un vehículo que derrapa en una curva sin un conductor a los mandos o un edificio con tendencias semovientes. Pérez Reverte, en una de sus últimas columnas, asegura haber visto en la puerta del baño de su habitación de hotel en Venecia la figura reflejada de una mujer desnuda peinando su melena, que desapareció con sólo tocar la puerta.

Mi visión fue una canasta gigante. Andaba por el barrio de Fuencarral, en la zona industrial donde se concentran algunos de los más grandes concesionarios de automóviles de la ciudad. No iba a comprarme un Audi, ni un Volkswagen, ni siquiera un Seat. Mi viejo Opel todavía debe soportar unos cuantos miles de kilómetros más antes de pasar al descanso eterno de un depósito de chatarra. Da lo mismo el motivo del paseo, pero es que si hubiera ido a gastarme veinte o treinta mil en una caja rodante no tendría la cabeza para otra cosa ni ojos para otro panorama que el concesionario. Quien se mueve tranquilo llega más tarde pero tiene el privilegio de contemplar lo que le rodea, y así pude ver que en el lateral de un viejo edificio de viviendas, en un paramento de ladrillo donde no asoma ninguna ventana porque seguramente estaba destinado a recibir el apoyo de un edificio vecino que nunca llegó, se encontraba la canasta de marras, un tablero y un aro sin red, a una altura como de cuarto o quinto piso.

Harían falta varios Darius Lavrinovic superpuestos para colgarse de ese aro y una potencia de brazos propia del increíble Hulk combinada con el tino de Juan Carlos Navarro para acertar un triple. La probabilidad de que los chicos del barrio utilicen la canasta para sus juegos es remota; no se conoce que en esa zona de la ciudad la estatura media de los jóvenes rebase la de otros lugares. Pero no es sólo la dificultad de su uso. Uno se pregunta también cómo diablos pudo colocar nadie ese tablero con su aro a tal altura. Descolgarse desde una ventana no es factible porque, ya digo, no hay ninguna en el mismo plano, por lo que hay que servirse de algún ingenio aupador como una plataforma elevadora o una grúa de las que generalmente se utilizan para reparar las farolas en las calles. Y esto nos lleva al interrogante que más nos quita el sueño: para qué. Descartado, por las razones anteriores, su uso como canasta de baloncesto, cabe pensar en motivos publicitarios. El que se topa con la canasta de marras se la queda mirando con mayor admiración que si en el televisor le plantan el anuncio de Claudia Schiffer medio desnuda. Su capacidad para captar la atención es de lo que no hay, la envidia de una agencia de publicidad, pero no está aprovechada de ninguna manera ya que no vemos una imagen que la adorne, ni un slogan para asociarla a una marca comercial. Se trata de un viejo tablero y un aro como se ven tantos en los polideportivos de la ciudad, con la única peculiaridad de su ubicación, por lo que sólo se nos ocurre que estemos ante una broma, una broma extraña y muy difícil de poner en práctica, de ahí que nos quedemos atónitos cuando la contemplamos.

En ocasiones nuestros deseos son tan intensos que nuestra mente decide concedérnoslos, aunque sólo sea en forma de se mira pero no se toca, y así se explicaría la visión de Reverte con la que muchos nos identificaríamos, o la del perro civilizado que reprende al humano por su falta de urbanidad. Pero qué me dicen de una canasta a quince metros de altura. ¿Acaso alguien la puede desear? Los que gustan del baloncesto, en ocasiones pueden caer en la ensoñación de que son ellos quienes saltan a la altura del aro y encestan un balón hacia abajo, pero esa ensoñación daría lugar más bien a una canasta para bajitos, de apenas un par de metros, donde los ilusos puedan saciar sus apetitos.

Aún no he dado con una explicación razonable. Y sin embargo esa canasta es real, está ahí, en la calle Isla de Java del barrio de Fuencarral. Si vas por segunda vez, la volverás a ver, lo que confirma que no es una ilusión. La puedo fotografiar y enseñar a los amigos si no me creen.


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