Café con el Pequeño Filósofo

Muerte entre las flores

19.03.10 | 08:49. Archivado en Cine
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(Madridpress) Muerte entre las flores es una película moderna que bien podría estar rodada en la época dorada del cine negro, cuando las grandes productoras compraban los derechos de novelas legendarias firmadas por Chandler, Himes, Goodis, Hammett y demás miembros de la pandilla. Además de situar la trama en los años veinte, los hermanos Coen introducen infinidad de elementos característicos de aquella literatura, especialmente el tipo duro que arriesga su propia supervivencia física y emocional por resolver un asunto que no le reportará ningún beneficio personal, o la chica que lo tiene todo para ser la reina en el palacio del gran capo de la ciudad pero que se deshace por los huesos del tipo duro. También los ambientes, los secundarios cobardes, los policías corruptos, los fiscales dependientes del poder.

Pese a que el guión de Muerte entre las flores está acreditado como original, parece como si los Coen se hubieran basado en una de aquellas viejas novelas, o en todas ellas, porque es bien sabido que los géneros tienden a dar vueltas en torno a las mismas tres o cuatro ideas valiéndose de tres o cuatro personajes tipo. Si tuviéramos que elegir una de esas novelas para identificar su procedencia nos decantaríamos por La llave de cristal, de Dashiell Hammett, una de las más inquietantes de la época, y también una de las más completas. Existe una gran cantidad de elementos comunes, por no decir idénticos, entre ambas obras. El protagonista, a quien llamaríamos el bueno, que además nos cae particularmente simpático por su expresión y por su filosofía de vida, resulta ser el hombre de confianza del gangster más poderoso de la ciudad, donde los poderes públicos están tan subordinados a éste que nos parecen la parte mala de la organización social, y llegamos incluso a sentir que los ciudadanos están en mejores manos cuando es el gangster quien impone su ley. En el momento en que las cosas se ponen feas para el gran capo a causa de las intrigas de sus rivales, su hombre de confianza se jugará el tipo por él; es entonces cuando lo vemos manejarse en su elemento, tratando con tipos marginales, frecuentando tugurios insospechados, despreciando muñecas y repartiendo algún mamporro. Mostrará su inquebrantable lealtad cuando renuncie incluso a su amistad con el jefe/amigo para así preparar un plan que lo salve de la debacle. También es común a ambas obras la dureza del protagonista, jalonada de momentos de debilidad que incrementan su encanto a ojos del espectador y del lector. Toda la humanidad que nos mostró Gabriel Byrne la teníamos ya en el personaje de Ned Beaumont.

Alguien nos dejó dicho –quizá fuera Pla- que es realmente difícil y muy meritorio imitar a los demás, que hay que saber dónde están las cosas, conocerlas, y que hoy casi todo el mundo es original porque no saben nada de nada. Muerte entre las flores es la película que es porque supo tomar lo mejor de un género que aún da para mucho. Si los Coen imitaron a la novela de Hammett o a cualquier otra no importa. El caso es que la imitación resultó. Y al final de todo, pese a que somos conscientes de la imitación, nos parece una película tan original que la tenemos por paradigma del género.


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