Café con el Pequeño Filósofo

Mayordomos y lectores

12.03.10 | 08:56. Archivado en Costumbres
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(Madridpress) No leemos, somos unos incultos. Lo dice tanta gente, no sólo Pérez Reverte en la promoción de su libro, que un complejo de inferioridad mental va arraigando en nuestros tejidos. Uno no sabría decir si esas afirmaciones destructivas responden a datos verificables o no. Lo de la incultura es muy relativo, ya que la cantidad de saberes posibles es tan grande que nadie, por muchas medallas que cuelguen de su pecho, puede decir sin faltar a la verdad que las abarca con solvencia. Y lo de leer tampoco es fácil de medir. Uno ve volúmenes abiertos incluso entre los que viajan de pie en el metro, en las salas de espera de los hospitales, hasta en las mesas de los trabajadores cuando sus jefes no los miran.

Mi mayordomo lee, estoy seguro. Y además lo hace con asiduidad y aprovechamiento. Sólo así se explican sus subidas de tono y las contestaciones que no tienen cabida ni en la más igualitaria relación profesional. Mi mayordomo no es como Lane, el viejo criado de La importancia de llamarse Ernesto, que a la pregunta de su amo, que estaba tocando el piano, “¿ha oído usted lo que estaba tocando?”, responde con un “me pareció incorrecto escuchar, señor”. El otro día mi mayordomo no quiso quitarme los calcetines y, en lugar de eso, me tiró las zapatillas a la alfombra para que me las apañara yo mismo. De ahí se deduce necesariamente una actividad intelectual superior a la media, que por cierto va a terminar por hacer inviable el tradicional servicio doméstico.

Digo que mi mayordomo no es como Lane, y se me ocurre que tampoco es como el mayordomo asturiano de Larra, que aprovechó las monedas que le dio el periodista, fruto de sus artículos, para entromparse de sidra, y a la vuelta del amo había dejado de ser hombre para ser “todo verdad”. Y entonces le dijo que él, en su humildad y servilismo, era mucho más feliz que el intelectual articulista porque nada buscaba y el desengaño no lo esperaba a la vuelta de la esperanza, porque sus escasos ratos de asueto le proporcionaban más felicidad que toda la acumulada por los hombres de letras, y razonamientos del estilo. Se aprecia en esa actitud de hace ya casi dos siglos un atisbo de rebelión que quizá esté desembocando ahora, a la inversa, en este intelectualismo insospechado.

Los mayordomos de ahora renuncian a la felicidad en beneficio del intelecto. Ahora los mayordomos apenas nos sirven, quiero decir que apenas tienen utilidad, y en cambio discursean sobre asuntos variados convencidos de que no tropezarán con nadie que rebata sus ideas. Según mi mayordomo, y yo le tengo por una autoridad en asuntos de letras, no hay ninguna duda de que hoy se lee más que ayer. Y eso se explica fácilmente, me asegura, observando que negocios como Casa del Libro y Fnac, pese a las pretendidas crisis, siguen abriendo tiendas al público en las zonas más populosas y comerciales de la gran ciudad, y El corte inglés dedica grandes superficies de las plantas de calle de sus centros, donde el metro cuadrado no baja de los quince mil, a exhibir novedades editoriales, que probablemente compren los mayordomos y sus secuaces.

Si los libros empiezan a ser un producto realmente de masas y los leen los servidores, los señores que quieran seguir siéndolo deberán abstenerse de toda lectura y pasar sus días como Ernesto, de invitación en invitación, esquivando acreedores y haciéndose el encontradizo con las damas más apetecibles de la ciudad. Los señores pasarán entonces a ser felices, y los comentarios sobre la cultura en nuestra sociedad serán motivo de orgullo y no poco optimismo.


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