(Madridpress) Nos comparan con Grecia. Casi mejor sería no hacerlo porque podríamos salir mal parados, por mucho que algunos analistas patrios nos pongan muy por encima. El caso es que tenemos el doble de paro, y eso, analizado individualmente, es peor lo miren por donde lo miren. Al menos para los ciudadanos. Por lo visto lo que importa aquí son las cuentas estatales, por aquello de no dar una bancarrota incómoda que haría sonrojar a los hijos de Aristóteles y, por ende, a todos sus socios. Y aun así nuestro gobierno aspira a cobrar protagonismo en una operación de salvamento a escala mundial. A estas alturas, después del debate en el Congreso, los griegos están temblando por lo que se les puede venir encima como la presidencia de turno se lo tome en serio y decida intervenir.
Se nos da mejor la asistencia irracional, la ayuda de emergencia en caso de desastre, el envío de mantas y chocolatinas, el desescombro. El apoyo español a Haití es de los gordos, más de dieciocho millones de momento para movilizar el contingente, sin contar todas las aportaciones particulares, que no son pocas. Los haitianos no necesitan ingeniería financiera para enderezar el rumbo. El problema es el derribo general y la escasez, que ya conocían pero que ahora dominan a nivel de postgrado. Si los paquetes traen bandera hispana o de la Commonwealth, o la tarjeta de visita de Angelina Jolie, no les preocupa en absoluto.
Pero ayudas externas aparte, ¿quién va a ayudarnos a nosotros? Lógicamente nadie. No estamos peor que hace seis meses, y eso para algunos representa casi una consigna electoral. ¿Tan mal están las cosas que tenemos que conformarnos con eso, con la hibernación económica hasta que un prójimo más activo nos despierte? Tan mal están o tan mal nos parecen porque no encontramos la cabeza pensante en quien confiar. En los primeros años del pasado siglo, el pequeño filósofo de Azorín sentenció: “Zaratustra no vendrá a España”, y por Dios que tuvo razón.
Pero ya no esperamos al superhombre, sabemos que no existe. Aspiramos dar con alguien que al menos sea capaz de mentirnos con elegancia. Con elegancia y con un fin. En su Ensayo sobre la decadencia del arte de mentir, Mark Twain nos dejó dicho que “una verdad injuriosa no vale más que una mentira injuriosa; ninguna debe ser enunciada jamás”. Las falsedades, las faltas de criterio, las ambigüedades de nuestros gobernantes son definitivamente parte del problema. Que nos mientan, sí, pero bien, con profesionalidad. Hay quien se conforma –que no es poco- con un presidente juicioso, con un hábil ministro que encuentre la mentira más adecuada para que nos creamos que los griegos y los haitianos nos necesitan a nosotros, y para que los haitianos y los griegos vean en España su salvación.
Martes, 29 de mayo
Juan Luis Recio
Patricio Peñalver
Ángel Sáez García
Mª Rosario Aldaz Donamaría
Antonio García Fuentes
Julián Moreno Mestre
Julio César Izquierdo
Carlos Juan Gómez Martín
Paulino Toribio
Peio Sánchez Rodríguez
José Donís Català
Chris Gonzalez -Mora