Café con el Pequeño Filósofo

La nueva tiranía

05.02.10 | 08:18. Archivado en Literatura
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(Madridpress) La nueva tiranía es el título del último libro publicado por Juan Manuel de Prada, una colección de artículos aparecidos en los últimos años en diversos medios de gran tirada. Leyéndolos uno queda embobado ante el tamaño de todo su saber y de esa capacidad para diseccionar lo que está pasando ahí fuera, para relacionar hechos presentes con acontecimientos históricos y citas de otros autores y para argumentar basándose en la razón y en unas creencias morales profundamente arraigadas.

Lástima que a veces tengamos que cerrar el libro para descansar de tanta beligerancia, para no dejarnos arrastrar por una corriente que acabará llevándonos a uno de los dos bandos de una batalla en la que no queríamos participar. En ocasiones la defensa de sus posiciones morales nos resulta un tanto maniquea. Ya en el título, y especialmente en el subtítulo, encontramos la crispación. El sentido común frente al Mátrix progre. El sentido común es, por supuesto, el del autor, es de cajón. Lo demás es demagogia, ceguera, error, adoctrinamiento intolerable de lo que algunos llaman progresía, libertinaje incontrolado: Mátrix progre. Las dos Españas que un día nos helaron el corazón y que hoy todavía lo mantienen tiritando. El ochenta por ciento (por decir una cifra tan válida como la real) de los artículos adolecen de este veneno que a algunos nos sobra. No porque un artículo de prensa no deba ser un golpe en la mesa sobre un asunto que afecta muy directamente a nuestras vidas como la educación, el aborto o la religión, sino porque tanta vehemencia y tan seguida, tanto afeamiento sistemático de las posiciones de los otros, acaban configurando un encastillamiento que nos empuja a la toma de partido feroz o a salir del campo de batalla.

Dos de los artículos del compendio llevan la indicación de que le valieron al autor sendos premios de periodismo. Curiosamente ambos pertenecen a ese otro veinte por ciento que escapa al maniqueísmo reinante. En ocasiones, en este porcentaje casi residual, el escritor nos recuerda al Julio Camba de las crónicas americanas en La ciudad automática, donde el periodista visitante observaba con admiración y ternura unas costumbres a la vez adelantadas e infantiles. Es observador y, rascando un poco, obtiene historias allí donde otros no vemos nada. Incluso las crónicas enviadas desde Roma con motivo de la agonía y muerte de Juan Pablo II gozan de la libertad de no pretender enfrentarnos a los lectores porque el escritor adopta la distancia del cronista que cuenta lo que ve sin poner la sangre propia en ello. Simpatiza con la causa, con los devotos que han peregrinado para despedirse del Papa, para estar a su lado cuando dé el último respiro, porque él es uno de ellos. Pero no pretende hacernos creer que esa devoción es la única postura admisible ni aprovecha para adoctrinar. No es necesario comulgar con la fe católica para apreciar estos artículos, que seguiríamos leyendo indefinidamente, igual que los dedicados al cine y al arte en general.

Cuestión de gustos: preferimos este Juan Manuel de Prada, el de la crónica abierta, el de las semblanzas de literatos perdidos, y también el de las novelas, el de esos tochos plagados de metáforas y retóricas que nunca nos parecen excesivas.


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