Café con el Pequeño Filósofo

Libros electrónicos

29.01.10 | 08:41. Archivado en Literatura
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(Madridpress) No se trata de romanticismo. Evitaremos decir que no hay como respirar el olor a libro viejo y polvoriento de un ejemplar con las tapas gastadas ni nada que se le parezca, por mucho que estos también sean argumentos en favor del libro tradicional. Es que, además, todavía subsisten grandes ventajas en la experiencia de leer sobre el papel y guardar volúmenes en los estantes del estudio.

Cierto que a nivel de almacenamiento no hay color, que en una tarjeta más pequeña que la Visa caben más libros, muchos más, que todos los que podamos albergar en nuestras librerías particulares, con la consiguiente liberación de espacio en unas viviendas que en la actualidad tienden a ser demasiado pequeñas. Cierto que es más manejable un lector electrónico, del tamaño de un libro de bolsillo delgado, pongamos Los papeles de Aspern en Fábula de Tusquets, que un pesado tomo de A la busca del tiempo perdido en edición de Valdemar, con la consiguiente comodidad para el usuario. Cierto que a la hora de emprender un viaje por una temporada media o larga no necesitamos elegir entre toda nuestra biblioteca los dos o tres volúmenes que nos caben en la maleta porque esa biblioteca completa se viene con nosotros en un hueco de la cartera. Cierto que no esperamos la devolución del libro prestado porque lo que enviamos a nuestro amigo fue una reproducción de nuestro fichero original, y hasta podemos hacer copias de seguridad por si las moscas.

Pero el papel conserva unos atributos que para algunos, quizá los más lectores, lo hacen todavía insustituible. Como la posibilidad de buscar pasando el dedo por el filo de las hojas hasta dar con la página deseada que no tuvimos la precaución de marcar, porque nuestra memoria fotográfica nos permite recordar dónde está aquello que nos interesa por el dibujo que forman los párrafos, cosa en la versión electrónica se hace más pesada, hasta el punto de la disuasión, porque el paso de una página a otra requiere un lapso, quizá un segundo, que al multiplicar por muchos pasos se hace eterno. El libro tradicional también nos permite el acceso a un ejemplar sin tener que encender ningún aparato, tan solo con levantar la mirada a nuestra librería, posibilitándonos una búsqueda por sus lomos que es más rápida y más apetecible, porque el objeto literario también tiene mayor atractivo que el fichero intangible.

Cierto que ya existe al menos una plataforma legal de descarga de contenidos en España, pero las grandes editoriales no ofrecen su catálogo en edición electrónica. Ni pagando, diría un pirata. Si no puedo acceder al último tocho de Reverte, o si para leer El conde de Montecristo tengo que acudir a una versión torpemente editada con innumerables erratas, el libro electrónico no es más que un paso en falso, además de una opción de momento demasiado cara.

Lo que nos tememos es que la entrada de los Planeta, Santillana y Random House Mondadori en este nuevo invento es inminente, con el consiguiente aluvión de ofertas en los portales, y que los más espabilados creadores de galletas electrónicas acabarán por dar solución a las debilidades que de momento les impiden crecer, que hasta el olor a polvo viejo y el tacto arrugado se pueden imitar, y que cuando las ventas se generalicen los precios del aparato se tornarán más democráticos. Es cuestión de tiempo.

1 comentario


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Comentarios
  • Comentario por Miriam 29.01.10 | 13:56

    Agradable texto, que invita a relajarse y pararse a pensar en la vorágine de la vida, en el querer más y más, en las prisas sin disfrutar de cosas hermosas que tenemos al alcance de la mano. La tecnología es muy fría, y nos hace fríos, y es adictiva, cada vez queremos más y que nos enganche más. Un horror.
    Besos.
    Miriam.

Sábado, 18 de febrero

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