(Madridpress) El lector/espectador puede elegir entre leer La elegancia del erizo o ver en pantalla grande El erizo sin temor a perderse lo esencial de la idea de Muriel Barbery, porque la película recrea los ambientes, los personajes, los estados de ánimo retratados en la novela original con una fidelidad poco común. Tanto en el papel como en la cinta encontramos una portera sin pretensiones pero con curiosidad y elegancia, una niña desesperada por esconderse para escapar a un aburguesamiento insoportable, un japonés llovido del cielo que encarna lo que querríamos encontrar en todas las personas, y también algunos erizos, espinosos por fuera y sensibles por dentro.
La historia cuenta pocas cosas, apenas posee acción y sí mucho pensamiento. Aun así, en ninguno de los dos formatos percibimos el menor atisbo de aburrimiento, quizá por la naturalidad con la que transmite sus mensajes. Los personajes son sencillos, sin rasgos forzados para hacerlos más visibles porque tampoco necesitan mucha presencia física. Se trata de lo que sienten, de cómo viven diferentes situaciones cotidianas. Estamos ante una de esas historias sencillas, construidas a partir de una sola idea pero con una capacidad enorme para fabular sobre ella.
Renée es seca, ceñuda, cortés, gorda, fea, con callos en los pies –que no se explican en el libro ni se muestran en la película- y se explica a sí misma por sus actos presentes y por lo que intuimos que esconde. Además, en la novela sabemos que su familia ha sufrido una tragedia a causa de la diferencia de clases, y esto sirve para definir el conflicto que se le plantea en su relación con Kakuro. La película, en cambio, a pesar de que es siempre muy concisa y habría podido resolver esta parte en dos o tres minutos fácilmente, omite esa alusión al pasado y, aunque no es una pérdida de vital importancia, la narración no gana con ello. En esto la novela se hace más fuerte.
En cuanto al espacio, se trata de una comunidad de vecinos, un Aquí no hay quien viva o un 13 Rúe del Percebe pero con un aprovechamiento diferente, tal vez más al modo de Historia de una escalera. Tenemos una interesante variedad de personajes, todos ellos dentro de un mismo contexto adinerado y más bien decadente, que lógicamente pueden ser tratados con más profundidad en las trescientas y pico páginas de la novela que en noventa minutos de imágenes.
Sin embargo la película nos aporta algunos detalles que son de agradecer, especialmente dos: la biblioteca y la resurrección del pez. La biblioteca es un cuarto pequeño y secreto, silencioso, aromado de material viejo y polvo acumulado durante años, con capacidad para muchos libros y un solo lector, como un traje a medida hecho todo de papel. Ofrece un impacto visual que la novela no habría podido conseguir y nos sirve para materializar esa cualidad que hace especial y diferente a la protagonista frente a todos sus vecinos. Se trata de un rincón construido con gran esmero -casi imaginamos al decorador llenando las estanterías libro a libro-, una de las imágenes que nos quedan durante más tiempo en la memoria después de la proyección. Y el pez rojo, al contrario que en la novela, vuelve a aparecer al final para llevar consigo la suerte del burgués encerrado en su pecera. Allá donde va el pez, con su necesidad de nadar en un cristal de reducidas dimensiones, tenemos un personaje en vías de adaptarse, quiera o no, al modo de pensar del común de los mortales, lo cual sirve también para salvarlo de su soledad.
Tanto en una como en otra encontramos una resolución del todo inesperada, a la que siguen un par de páginas/secuencias para la reflexión y un final a la vez emotivo y esperanzador. Tan similar es el resultado último que puede decirse que entre Barbery y la realizadora Mona Achache han creado un único producto, una especie de video-libro con múltiples posibilidades.
Viernes, 17 de febrero
Mª Rosario Aldaz Donamaría
Antonio García Fuentes
Chris Gonzalez -Mora
José Pómez
Ángel Sáez García
Padre Fortea
Juan Luis Recio
Juan Fernandez Krohn
Ángel Gutiérrez Sanz
Carlos Ferrer
José Donís Català
Paulino Toribio