Café con el Pequeño Filósofo

Eterno canon literario

04.12.09 | 08:31. Archivado en Literatura
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(Madridpress) Me preguntan por los mejores libros de la historia, los imprescindibles, los que te llevarías a una isla desierta, los que no pueden faltar en la vitrina del estudio, lo típico. Pocos son los que preguntan, con un poco más de sensibilidad, por los que más te han gustado. Todos lo hemos hecho alguna vez, hemos leído listas de títulos para saber cuáles nos estamos dejando y reparar el imperdonable error. Si esa lista proviene de una personalidad importante, no hace falta ni que sea escritor, más visos tiene de aparecerse como un canon oficial y de ser seguido por todos los aprendices de sabios que han dado con ella.

No es difícil encontrar en internet algunas de estas relaciones, de películas, de lugares, de futbolistas, de discos y también de libros. Uno ya ha visto muchas y no les da la importancia que les dio en la juventud. Y es que somos contradictorios hasta la náusea: tendemos a la clasificación casi por instinto y la despreciamos por encontrarla ridícula. Algunas relaciones adolecen de una falta de sinceridad similar al discurso de un político, como las que empiezan enumerando, por este orden: Ilíada, Odisea, La divina comedia, El Quijote… Más que un canon de buena lectura parece un hit parade cronológico de los más vendidos. Algunos empiezan por la Biblia. ¿Cómo podría incluir, por ejemplo, El mercader de Venecia entre mis libros preferidos? Si lo hago, deberé entonces renunciar a Asesinato en el Orient Express por flagrante incompatibilidad.

Las relaciones de mejores obras presentan un serio inconveniente, y es el de su autoría. Detrás siempre hay una mano y una mente con preferencias que serán juzgadas sin piedad por sus receptores. No nos cuesta ni un segundo asignar una filiación política a un lector de ABC y a uno de El País, estemos o no equivocados. Por lo mismo, si un tipo nos dice que es incondicional de Antonio Gala no lo juzgaremos igual que si se declara partidario de Javier Marías o de Martin Heidegger. Porque ante el vicio de clasificar, el vicio de juzgar. ¿Estaría bien decir que, junto a Cinco horas con Mario, Beber de cine es uno de los mejores libros que he leído en mi vida, no ya sólo sobre cine sino sobre cualquier materia posible? Lo callaremos, porque, total, sólo es cosa nuestra.

El gran canon, no es eso. A nadie debería importarle la relación de los mejores de otros. Si tanto nos importa la opinión de los demás, ¿para qué tenemos la nuestra? El mejor canon es el propio, el que no necesita ser aireado ni confirmado por nadie más, ni siquiera por su autor, que mañana mismo cambiará de preferencias. No hay por qué renunciar a la ilusión de crear un canon propio, puramente mental, sin intención de convencer a nadie de que es el mejor. A poco que uno lo piense, ya sabe que lo es.


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