Café con el Pequeño Filósofo

Si la cosa funciona

20.11.09 | 08:21. Archivado en Cine
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(Madridpress) Un año más, un poco antes del turrón, la película de Woody Allen. Y un año más, más cerca aún del turrón, el aluvión de críticas dispares, a favor y en contra, extremas, apasionadas. Uno lee varias opiniones de los que la han visto y cree estar ante críticas de películas diferentes. Desde el nunca falla o el es un seguro de vida, hasta el se repite como un yoyó y le faltan ideas desde Annie Hall. Y da la impresión de que todas las opiniones son falsas, exageradas de manera inconsciente o deliberada. Porque ante personajes o artistas tan notorios como éste se encarecen los sentimientos, igual que con los dictadores, los futbolistas de raza o el Papa.

De Si la cosa funciona se ha dicho lo mejor y lo peor. Esto significa que Woody Allen continúa joven, que aún se espera la siguiente, para alabarla y para denostarla. Los partidarios la elevan al altar y los detractores la adornan con sus denuestos. Sólo en algunos trabajos de la última etapa, como Match point o El sueño de Cassandra, el director ha pasado más desapercibido porque, según unos y otros, no era el Woody Allen de siempre, el de las paranoias urbanas y los diálogos delirantes.

Con Si la cosa funciona vuelve a su escenario habitual, que no pisaba desde Todo lo demás y Melinda y Melinda. Pero no se trata sólo de Nueva York como paisaje de fondo, también de los temas tratados y el tono ácido y disparatado del que se sirve. Para que una película sea reconocida fácilmente como de Woody Allen tiene que tratar de manera frontal las relaciones de pareja. Así ha sido como ha conseguido la crema del pastel: Annie Hall, Manhattan, Hanah y sus hermanas, Septiembre, Otra mujer, Maridos y mujeres, Poderosa Afrodita, Todo lo demás, Melinda y Melinda. Películas en las que prima la idea sobre la acción, el diálogo sobre la imagen, y donde las parejas evolucionan a cada fotograma para crear conflictos a primera vista imposibles pero que acaban por coincidir con los que reconocemos en nuestro entorno y en nuestra propia casa.

Su marcado tono teatral no es una virtud ni un defecto, sólo una característica como otra cualquiera. Por un salón desfilan personajes, entran unos por una puerta, otros salen por otra, y en medio se mantiene el punto de interés de forma que no es necesario ni mover la cámara. Se puede hacer buen cine como se hace el teatro, y ahí tenemos el ejemplo de La soga, de Hitchcock. El director decide la forma de trabajar y luego la lleva a la práctica de la manera que sabe. La clave no está en si es más o menos teatral, si no en si la cosa funciona. Lo mismo pasa con otros aspectos criticados como la repetición de temas, el recurso del psicoanalista o el de dirigirse a la cámara. Si la cosa funciona, lo demás no importa.


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