Café con el Pequeño Filósofo

Malditos bastardos

30.10.09 | 08:53. Archivado en Cine
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(Madridpress) Quentin Tarantino ha vuelto a hacerlo: para lo bueno y para lo malo, se ha divertido haciendo una película, seguramente más que el público que ahora la aclama. Se nota en la parsimonia con la que se recrea con algunas situaciones, la violencia escogida, los giros inesperados trampeando con la Historia. De esta forma, consigue que aquellos aspectos que para otros serían defectos merecedores de las peores críticas se transformen en virtudes aplaudidas y comentadas incluso por los menos cinéfilos.

Para la primera escena de Malditos bastardos, contrariamente a lo que dicen los manuales del cine y la literatura comercial, el director escoge un tiempo lento y contemplativo, horro de estrellas, con diálogo abundante y aparentemente estéril que a algunos irrita y a otros encandila. Sin embargo algo hay en el ambiente que nos anuncia una emoción fuerte. Con eso juega. No se trata de definir un personaje en el comienzo ni de empezar a trazar el argumento –que también lo hace- sino de puro y simple divertimento. Cuando tiene al espectador en el borde del asiento, con la respiración contenida, prolonga la conversación un poco más, y luego otro poco más. Y el desenlace emotivo, que sabemos que tiene que haberlo, se despacha en unos segundos porque ya no necesita más.

También suena a chiste el recurso del spaghetti western. La cosa no tiene tanta complejidad: una cámara lenta sobre un primer plano con la música de Morricone de fondo. En realidad ya hizo algo semejante en Kill Bill aunque con otra música, y los chicos de Reservoir Dogs han quedado en nuestra memoria con sus trajes negros andando a paso de tortuga. Pero en este caso la idea del director llama la atención de la crítica porque tiene la desfachatez de emplear un recurso propio de un género en una película de otro género, también muy particular pero muy distante como es el bélico. El espectador se siente desubicado, a veces estafado, admirado o hasta irritado. También con esto juega.

Algunos habríamos agradecido un poco más de continuidad en la historia para que no quedara a veces tan deslavazada, con personajes que apuntan a protagonistas y sólo lo son a veces, como el de Brad Pitt y el de Diane Kruger. Los entusiastas no nos atrevemos a llamar a esto defecto, sino toque personal o libertad de expresión. Pero no nos engañemos. El director no piensa en este dilema sobre si el arte admite o no objetividades según las cuales la obra pueda ser tildada de buena o mala sin discusión. El director juega a hacer su película, como buenamente puede y como más le divierte, y el resultado es el que es.

La Historia juega un papel fundamental en la trama de Malditos bastardos. Precisamente porque la utiliza para provocar y, sobre todo, para despistar al espectador. No parece una forma de saldar cuentas con el pasado, sino un recurso desestabilizador. Cuando la trama alcanza un punto de no retorno y nos preguntamos qué golpe de guión, qué giro inesperado hará encajar todo lo que ya hemos visto con la Historia conocida sobre la Segunda Guerra Mundial, qué va a hacer Tarantino para cumplir con la Historia sin desbaratar el armazón que ya ha creado, es cuando más nos damos cuenta de que el cine es ficción y divertimento y lo que queremos que sea. En los créditos finales la respuesta es otra pregunta: ¿quién dice que Tarantino tenga que cumplir con la Historia?


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