(Madridpress) Para hacer algo bien, salvo raras y envidiables excepciones, hay que hacerlo muchas veces. Un albañil no pone los ladrillos bien el primer día, ni la primera semana ni el primer año; un conductor no se maneja con soltura por las calles de la ciudad recién obtenido el permiso; un piloto no aterriza con suavidad en sus primeras cien horas de vuelo; un amante no se satisface ni a sí mismo en el primer revolcón. Lo mismo pasa en el cine y en la literatura. El diario personal de un niño de doce años –si es que hay un niño de esa edad que lo escribe- no pasa de enternecernos, pero cuando acumula ya varios cuadernos en el cajón empieza a ser carne de editor. José Manuel Benítez Ariza escribe bien porque escribe mucho. Da la impresión de que nació escribiendo y de que ha escrito durante toda su vida. Y a veces se suelta con ingeniosidades de currante, porque suele ser en la cantidad donde se encuentra, como pepitas de oro, la calidad. ¿Fue Picasso quien lo dijo?: la inspiración existe pero tiene que encontrarte trabajando.
Benítez mantiene un blog, Columna de humo, de esos pocos que podríamos llamar literarios, donde la literatura no es una excusa sino una forma de vida y una razón de existir. En sus entradas diarias el autor habla siempre en una primera persona muy personal, algo parecido a lo que hace Andrés Trapiello en su inagotable Salón de pasos perdidos. De hecho, Benítez Ariza es lector de diarios, últimamente de los de guerra de Morla Lynch. Y el diario llama al diario, como un primer bocado abre el apetito para la gran comida. Tiene Benítez esa forma de escribir que te acerca a los pensamientos del autor, como si fuéramos capaces de vivir su misma vida en la lectura a través de sus emociones. Esto puede gustar más o menos, pero es una virtud: la de hacer sentir al lector una emoción, un asentimiento, un rechazo.
Es lo que consigue también en La vida imaginaria, recopilación de artículos de cine publicados en Diario de Cádiz y otros medios. Cuando te habla de Cinema Paradiso, no lo hace para analizar aspectos técnicos de la cinta o interpretaciones o premios recibidos en festivales, sino para hacernos sentir “como ese niño triste… que descubre la vida en la semipenumbra de un cine de pueblo”. Si recuerda “la media sonrisa de la Bergman o las curvas blandas y acogedoras de Marilyn Monroe”, es para transportarnos a esa etapa de nuestra vida en que todo adquiere un aire agridulce de comedia rosa. Si de pasada alude a la banda sonora de Los amigos de Peter lo hace para retrotraerse a un tiempo en que el autor, como muchos otros de su generación, “era un buen chico que no le daba disgustos a su madre y que veía todo aquello como el que ve una fiesta por el ojo de la cerradura, desde la calle.”
Algo parecido ocurre en el citado blog, que habla de asuntos muy propios como los discursos mentales del insomnio que “suenan siempre mejor que cualquier equivalente escrito”, sus lecturas o el parecer personal ante una determinada decisión política. Una columna de humo es, como nos explicaban en el colegio, un indicio de algo. De que un incendio se extiende a lo lejos, de que alguien trata de comunicarse con nosotros del único modo que puede, de que se ha formado una hoguera para reducir a cenizas lo inservible. Para verificar el origen del humo hay que acercarse al origen de la columna. Cuando nos acercamos a ésta, encontramos todos los orígenes posibles.
Viernes, 17 de febrero
Juan Luis Recio
Juan Fernandez Krohn
Ángel Sáez García
Paulino Toribio
Mª Rosario Aldaz Donamaría
Antonio García Fuentes
Chris Gonzalez -Mora
José Pómez
Padre Fortea
Ángel Gutiérrez Sanz
Carlos Ferrer
José Donís Català