(Madridpress) Hay comedias y hay películas de risa. Entre estas últimas están, según gustos, Aterriza como puedas, La vida de Brian y algunas otras. Películas que son algo más que comedias porque además de pintarnos aspectos amables de la realidad -personajes simpáticos, muertes intrascendentes, carreras alocadas con accidentes de mentira- te provocan que sueltes la carcajada. El género de la risa es extremadamente complicado porque la risa es algo muy personal, más que el miedo o la excitación. Lo que le excita a uno suele excitar a muchos, y algo parecido ocurre con el terror, pero puedes desternillarte de risa contemplando a Peter Sellers en la primera escena de El guateque mientras los que están a tu lado permanecen indiferentes. La frontera entre la comedia y la película de risa la pone el estado de ánimo del espectador, pero lo difícil para el cineasta es crear el material necesario para que un solo espectador se ría.
Hay por ahí un buen puñado de películas que alguna vez, aunque sea en una sola escena, nos han hecho reír. En la novela, en cambio, se hace más difícil encontrar libros que produzcan ese efecto. Será porque lo más cómico que podemos encontrar es el gesto estupefacto de una persona, o los movimientos histriónicos de un payaso. Será porque en la imagen se encuentran los aspectos más ridículos que podamos imaginar, y que la sola imaginación no sea suficiente para soltarnos.
No obstante algunos escritores han dado con la fórmula de la risa. Normalmente sólo una vez en su carrera, pero eso es mucho más que la inmensa mayoría de los cómicos. Por ejemplo se hablan maravillas de Las aventuras del valeroso soldado Schweik, de Jaroslav Hasek, de la que se hizo una curiosa serie de televisión que dejó huella. Probablemente el recuerdo del actor que interpretó el papel de Schweik, con cierto aire a Benny Hill, nos ayude en la lectura a reforzar sus aspectos más hilarantes.
También está por ahí La sombra del águila, aquel relato ligero y con mala uva que un periódico le encargó a Pérez Reverte. Con un argumento breve, tan breve que se limita a los sucesos acaecidos en unas pocas horas, y un planteamiento casi absurdo pero de lo más verosímil ya que se trata de un episodio histórico de la guerra de 1812, consigue que pasemos las páginas a toda velocidad en busca de una nueva chanza. Para ello nos ofrece unos personajes extremos que sin embargo los imaginamos reales, un petit cabrón muy visible, un batallón de españoles que parecen ir a un suicidio en masa y unos oficiales franceses tan ridículos como sólo se pueden dibujar desde nuestro país.
La tercera de la lista podría ser Pantaleón y las visitadoras. Sin dejar de innovar en cuestiones formales, como venía haciendo en sus novelas anteriores, Vargas Llosa acierta a servirse de un hecho real, la creación por parte del ejército peruano de un servicio de visitadoras para aliviar el rijo de sus soldados, para crear una historia que sólo tiene cabida en el mundo de la ficción más delirante. El encargado de organizar y poner en funcionamiento el servicio, Pantaleón Pantoja, es tan buen militar y celoso cumplidor de las misiones que le asignan que desquicia a sus superiores: “Ese idiota ha convertido el Servicio de Visitadoras en el organismo más eficiente de las Fuerzas Armadas,” “La compañía entra en zafarrancho de combate para que los números cachen en paz, puta qué cómico”. Por lo visto hay una película del mismo título que aprovecha el planteamiento y las ocurrencias del escritor y que uno no se perdería si tuviera la ocasión de verla.
Sábado, 18 de febrero
Ángel Sáez García
Juan Luis Recio
Juan Fernandez Krohn
Paulino Toribio
Mª Rosario Aldaz Donamaría
Antonio García Fuentes
Chris Gonzalez -Mora
José Pómez
Padre Fortea
Ángel Gutiérrez Sanz
Carlos Ferrer
José Donís Català