(Madridpress) La vecina del doce está leyendo El obsceno pájaro de la noche en la tumbona. Los chavales corren a su alrededor, pasa un balón a escasos centímetros de su bolso playero, las parejas se refrescan en el agua tibia de la piscina, pero esta mujer va a lo suyo. Nadie diría que yace relajada ni que está de vacaciones. Subraya aquí con el bolígrafo rojo, busca el sentido de una palabra en el grueso diccionario que tiene bajo la sombrilla, anota unas palabras en su cuaderno y completa un esquema a modo de árbol genealógico. Se nota que es lectora consumada, por su aspecto físico y por su implacable concentración.
Este libro se le resiste, parece que le da más batalla de la que ofrecen los grandes best sellers. Ya le pasó con El ruido y la furia y con Conversación en La Catedral. Tanto Faulkner como Vargas Llosa se propusieron remover la mente del lector, obligarle a un esfuerzo que garantizara la inmersión absoluta en el relato, y con esta mujer lo han conseguido. Tardó más de tres semanas en leer cada uno, con similar despliegue de recursos. A este paso conseguirá terminar no más de cuatro títulos en un verano enteramente dedicado a la lectura. Pero su obsesión es comprender lo que lee.
Son ya siete días los que lleva luchando a vista fija con El obsceno pájaro de la noche, el gran boom de José Donoso. Y no es de extrañar que hasta ahora no haya esbozado ni la menor sonrisa. Hay un Mudito que parece que narra, pero en medio de un párrafo te das cuenta de que no es él sino un tal Jerónimo, que resulta ser él mismo en la mente de uno de los dos. Y el Mudito forma parte del grupo de viejas del lugar porque él mismo pasa a ser una vieja. Hay una tal Iris que se acuesta con medio pueblo y las viejas deciden que su embarazo es un milagro de concepción sin pecado. Y la tal Iris tiene un bebé y ese bebé es una vieja más que pide pis y caca y chupa de la teta, pero el bebé real aún no ha nacido y la madre que lo lleva en su seno cree que sí. No es sólo un atractivo caos de estructura en el que no existen las fechas y sí un tiempo cambiante hacia delante y hacia atrás, es además un maremagno de informaciones discordantes que sólo a mitad del libro y tras enormes sacrificios mentales empiezan a encajar. Y encajan según el lector decida que tienen que encajar, porque si hay un libro que admita interpretaciones diversas es éste.
Es el relato reticular, dicen. No se respeta el orden cronológico ni el causal y la historia pasa a ser un enigma. La tarea del lector no es comprender y disfrutar de unos hechos y una manera de narrarlos, sino buscar y encontrar la coherencia. Tras la lectura de un libro de estas características la mente de uno ya no es la misma.
Ahora la del doce se rasca la cabeza e introduce el marca páginas hacia la mitad del volumen. Exhausta, se recuesta en la tumbona y cierra los ojos sin separar el libro de su pecho. Es el descanso del guerrero que sabe que debe volver a la lucha en breve. Cuando termine de leer esta novela que la esclaviza, y como recompensa con su entrega que contagia y provoca envidias, pienso pasarle este ejemplar de bolsillo de Asesinato en el Orient Express.
Viernes, 17 de febrero
Ángel Sáez García
Juan Luis Recio
Juan Fernandez Krohn
Mª Rosario Aldaz Donamaría
Antonio García Fuentes
José Pómez
Padre Fortea
Ángel Gutiérrez Sanz
Chris Gonzalez -Mora
Carlos Ferrer
José Donís Català
Paulino Toribio