Decorados
24.07.09 @ 08:34:50. Archivado en Costumbres
(Madridpress) La Moncloa a veces nos parece un gran edificio abandonado que ya sólo sirve como reclamo turístico. La perfección insulsa de sus tejados, la rectitud exacta de sus paramentos, el verde intenso de sus parterres nos recuerdan más al decorado de una película que al foro donde se toman las decisiones más importantes de un estado. Nadie diría que por los pasillos de aquel palacio corren ministros y secretarios en los previos a sus reuniones con el presidente, ni que éste se valga del aire benigno y sereno que airea sus rincones para inspirar sus decretos, ni que en sus salones se celebren Consejos en los que se distribuye aleatoriamente la riqueza de los ciudadanos. Cualquiera diría que las verdaderas decisiones, las que nos tocan el bolsillo, el corazón y los cojones, se toman en el cuarto oscuro y húmedo de un sótano sólo accesible para las ratas y otros animales de alcantarilla.
Algo similar ocurrió hace cuarenta años cuando la llegada a la Luna. Muchos se apiñaron frente a los escasos televisores conscientes de asistir a un momento histórico. Y desde luego lo fue, aunque sólo sea por todo lo que ha dado que hablar. Pero cuántos dudaron de la autenticidad de aquella escena memorable. Un decorado, decían. No es que fuera mentira; es que Armstrong y Aldrin bajaban de un artefacto amorfo montado en las afueras de Los Ángeles. Saramago llegó a decir, según nos cuenta ahora en su blog, que los astronautas realizaban movimientos sospechosamente parecidos a los de las marionetas y que los hilos servían para dar la sensación de que flotaban en el aire.
También el presidente nos recuerda a uno de esos muñecos. Las cejas en pico, la sonrisa de piedra, las articulaciones ingrávidas como las del miserable Monty Burns de los Simpson. También los vicepresidentes, émulos de carne y hueso de Waylon J. Smithers. La gran diferencia son las palabras: las de los muñecos, aunque también falsas, suelen tener algún sentido y consiguen hacernos reír. Pero todos ellos son personajes reales jugando a la ficción. Lo peor es que cuando se descubra la tramoya será demasiado evidente que los que nos mandan son las ratas de los sótanos y entonces La Moncloa se verá reducida a uno de esos escenarios levantados en el desierto almeriense para filmar los spaghetti westerns y que ahora no son más que poblados fantasmas. De momento las apariencias se salvan gracias a los jardineros y a los vigilantes de seguridad.
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Alan Ferreiro
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