El nombre y el título
17.07.09 @ 08:37:59. Archivado en Literatura
(Madridpress) El nombre antes del título, dicen los editores cuando tienen en nómina a un premio Nobel o a un personaje de esos que se les conoce y muchos ni saben por qué. Y es que no vende lo mismo Los helechos arborescentes o Los metales nocturnos que Francisco Umbral, célebre incluso entre aquellos que no leen. La prelación tiene que ver, a veces, con las aspiraciones del escritor, pero sabemos que muchos pasan olímpicamente de la cuestión y dejan a su editorial esas cuestiones comerciales que a ellos les quitan tiempo para leer y no les aportan nada.
Un vistazo a la biblioteca nos confirma, salvo raras excepciones, esta regla. Mario Vargas Llosa siempre ocupará más espacio que La casa verde, por muy placentera y lujuriosa que ésta sea. Pero La ternura de los lobos, pese a no ser un título muy musical que digamos, antecede a Stef Penney. Fernando Savater tiende a comerse todos sus títulos, mientras que los autores de Anagrama tienen que conformarse con ver sus nombres en caracteres ordinarios. Francisco Umbral va en negrita, como solía gustarle, haciendo palidecer su propia obra: ni Un ser de lejanías ni Amado siglo XX conseguirán jamás hacerle sombra. Y sin embargo sus colegas Julio Camba y César González Ruano casi desaparecen ante la notoriedad de La ciudad automática y Caliente Madrid. En una misma colección de Tusquets vemos la utilización intencionada del orden: De parte de la princesa muerta antes que Kenize Mourad y Henry James antes que Los papeles de Aspern.
También encontramos excepciones en autores que podríamos llamar de un solo título, o que, injustamente o no, uno de sus títulos ha hecho desmerecer el resto de su obra. Cervantes ha cedido todo el protagonismo a Don Quijote, Joyce a Ulises, pero Marcel Proust sigue gozando de un espacio destacado en las portadas de las innumerables ediciones que se publican de su obra: ¿cómo iba a lucir más un personaje protagonista al que sólo podemos llamar narrador?
La decisión corresponde a las editoriales que explotan las obras. A veces les interesa volcarse en sus autores y algunos piensan que es por darles coba, pero en realidad es el euro quien manda. ¿Le importaría a García Márquez que El general en su laberinto o Crónica de una muerte anunciada destacaran más que su propio nombre? Probablemente no; bien sabe que simplemente un GGM vendería infinidad de ejemplares aunque éstos carecieran de título. Ahora bien: que no le digan a Destino que minimice, en favor de Stieg Larsson, esos títulos hinchados y provocadores como La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina. Al final es cuestión de perras.
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Alan Ferreiro
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