Café con el Pequeño Filósofo

Pantalla grande

03.07.09 | 08:56. Archivado en Cine
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(Madridpress) Son las siete y media en el cine Doré. Hoy, en una de esas salas de pantalla mediana, reponen Cuento de invierno, una de Eric Rohmer, aquél de la nouvelle vague que veinte años después de enterrado el movimiento seguía ¿sigue? haciendo películas al estilo nouvelle vague. De eso va el Doré, de programar cintas sin importar las modas, preferentemente antiguas pero con un motivo: “Semana de cine macedonio”, “México fotografiado por Luis Buñuel”, “Muestra de cortometrajes de la Plataforma de Nuevos Realizadores”. Propósitos similares a los del Círculo de Bellas Artes: “Descubre el cine europeo”, “La cámara coreográfica” o “Comedias y proverbios” del propio Rohmer.

Peter Bogdanovich se quejaba hace unos años de que en Nueva York no existían salas donde ver en pantalla grande sus títulos de siempre: Casablanca, Sólo ante el peligro, La fiera de mi niña. Todo era cine actual, a ser posible muy comercial. El vídeo doméstico, decía, hacía innecesario el cine de reposición. Bogdanovich es un nostálgico, un amante del cine de los treinta, cuarenta y cincuenta, uno de esos que no quieren saber nada más allá de Steve McQueen. Y está en su derecho, de preferir esas películas y de reclamar salas donde verlas.

Pero también se puede ser realista. El cine que se ve en nuestras salas debe ser predominantemente el cine de hoy, el que están realizando los vivos, los que opinan según las circunstancias actuales, los que ríen y se lamentan en nuestro tiempo. Ya nada puede importarles a Cary Grant, Howard Hawks o Bette Davis que no veamos sus obras en la gran pantalla, pero sí les importa a los nuevos realizadores, que con razón reclaman su espacio. Y sobre todo nos importa a nosotros, los que vamos a las salas y no queremos empantanarnos en lo de siempre, por bueno que sea.

Y sin embargo el cine de antes nos sigue importando. Son las siete y media en el cine Doré y los que compramos entrada a última hora pensando que podremos estirar las piernas en el asiento de delante nos las vemos canutas para encontrar una butaca libre. Un acomodador me indica con su linterna un asiento de difícil acceso con los títulos de crédito empezados, esos que Woody Allen no se perdería bajo ningún concepto aunque estuvieran en sueco. Es una sala de poco más de cien localidades, pero no cabe ni un flaco en la fila de los mancos. Y es Cuento de invierno, una de esas películas que si las ponen en las televisiones no se comen un rosco porque el tema en cuestión no seduce, porque las formas de rodar están pasadas, por lo que sea. La protagonista es una joven madre soltera que no se decide por ninguno de sus pretendientes y anda de los brazos de uno a los brazos del otro entre dudas existenciales y preguntas sobre la inmortalidad del alma. No seduce, no llama a las masas. Al principio se oye en la sala algún suspiro de esos que sirven para disimular bostezos, y más tarde algún bostezo más sincero. Y este título está disponible en deuvedé por menos de diez euros. Pero aún así más de cien personas nos hemos movido de casa para verla y algunos se han quedado fuera contemplando, atónitos, el cartel de aforo completo. ¿A ver si vamos a tener demanda suficiente para una sala con pantalla grande, pero grande de verdad?


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