Tener y no tener
19.06.09 @ 08:59:39. Archivado en Cine
(Madridpress) Asistir a la proyección de Tener y no tener en pantalla grande constituye un privilegio que algunos ya no esperábamos disfrutar. Una especie de segunda oportunidad, un revival de los años cuarenta. Por eso en la exigua cola para sacar la entrada nos sentimos transportados, personajes nostálgicos de un Regreso al pasado, hasta los árboles y las uñas pintadas de la taquillera son en blanco y negro, y la experiencia cinematográfica comienza antes de entrar en la sala.
En este cine estudio no venden palomitas, y en caso contrario sería una tontería comprarlas. Alimenta mucho más el desayuno que Bacall se atiza escuchando las improvisaciones al piano de Hoagy Carmichael. El mal olor del espectador de detrás deviene inodoro ante el perfume de tabaco que inunda la película. Hasta cincuenta cigarrillos se encienden entre Bogy y Baby en los cien minutos que dura su historia. También fuman Carmichael, Marcel Dalio, el apuntador, los extras que hacen bulto en el café. Y Brennan, a lo suyo, se bebe cualquier cosa que venga en botella. Todo este vicio mezclado con el aroma del puerto de mar configura una película por momentos un poco calavera. Pero es seria. Todo está muy medido, a gusto del director, que hizo la película conmovido por el estreno de Casablanca, a la que imitó sin el menor embarazo.
Ni pensamos en esta imitación, que hoy algunos juzgarían intolerable. Vemos la película y punto. El ruido de los que hablaban al principio ya no se oye; ahora están los diálogos pizpiretas de Bogart y Bacall, con esa voz grave, gutural y sensual que, según Bogdanovich, Howard Hawks le sacó para asemejarla al ángel azul de Marlene Dietrich. Bacall, que ahí donde la veis aún no contaba veinte primaveras, había ascendido del infierno como un demonio encarnado para hacernos los otoños más cálidos. Qué cosas se dicen de las leyendas del cine. Sólo así se forjan las leyendas.
Al final, un espectador viejo de la segunda fila sufre un ataque mientras Bogart dispara a bocajarro a un policía que no ha abierto la boca en toda la película. El viejo ha hecho amago de levantarse en un movimiento convulso ordenado desde el corazón; y se ha quedado paralizado con las dos manos en el pecho, medio erguido, impidiendo la visión de la pantalla a los que tuvimos la mala suerte de sentarnos detrás de él. Por fortuna, antes de que Bogart le diga a Dalio “sin besuqueos, Frenchy”, el aguafiestas ha perdido la chispa vital y se ha desplomado atravesando su cuerpo en medio del pasillo. Nadie se levanta a ayudarlo, total ya está muerto y le da igual; en cambio la magia de este momento es irrepetible, porque nadie quiere perderse el contoneo de caderas que Bacall dedica a la posteridad al son del piano de Carmichael. Mientras ruedan los títulos de crédito unos matarifes vestidos de blanco han subido al aguafiestas en una camilla, le han cerrado los ojos y le han cubierto el impávido rostro con una manta fría que no tiene cabida en la sala.
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Alan Ferreiro
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