Café con el Pequeño Filósofo

En campaña

29.05.09 | 13:17. Archivado en Costumbres
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(Madridpress) La campaña electoral es el periodo de la legislatura en que mejor podemos observar los modos de conducirse y la capacidad de trabajo de los políticos. Por el tiempo que dedican a cada asunto que tratan en las entrevistas o en los debates sabremos con cuánto ahínco incidirán para resolver unos u otros asuntos que nos preocupan a los ciudadanos. El de un lado dice que el del otro lado no para de criticar y que no hace nada constructivo por nuestro país; no aporta ninguna idea de aquello que sería constructivo, pero denuncia al incapaz. Éste dirá que sin la colaboración de aquél no hay nada que hacer y que puestos a no hacer nada el que ahora le critica fue el primero en empezar cuando tuvo oportunidad de resolver los mismos problemas de que ahora se lamenta. La discusión se aviva porque si entramos en descalificaciones el uno se acuerda de unas palabras que pronunció el otro en un asunto delicado y que ahora calla porque se le puede volver en contra. Como dijo Serrat: a ver quién es el que la tiene más grande.

Así era en el colegio. Igualito. Yo tenía un compañero pelirrojo que venía a clase sin los deberes resueltos y cuando la maestra lo sacaba a la pizarra el pícaro acusaba a uno del fondo de que el día anterior le quitó el cuaderno. El del fondo se defendía alegando que lo hizo porque él, el de la pizarra, antes le había quitado el lapicero, y entonces se enzarzaban en una discusión a gritos sobre que uno le había empujado al otro, que el otro le había echado agua en el lavabo y cuestiones similares que inevitablemente acababan en mamporros y revolcones. Al final ninguno hacía los deberes y la maestra tenía que conformarse con que la pelea no pasara a mayores.

El compañero pelirrojo hoy pertenece a la plantilla del partido gobernante y el otro día se quejaba en televisión de un homólogo del partido de la oposición por su negligencia en tal comisión del Congreso y éste se defendía con argumentos similares que no llegaban a ningún lado. Tirando de viejos contactos conseguí el número del compañero en cuestión y con la excusa del devenir profesional de cada uno la conversación acabó derivando en asuntos de actualidad. Diplomáticamente manifesté mi temor acerca de si tanto hablar de los males del contrario no le restaba demasiado tiempo para dedicarse a problemas reales. ¿Problemas reales?, preguntó. La crisis, por ejemplo, le dije. No, me contestó, de eso se ocupan los compañeros, yo sólo estoy para convencer a los votantes de que los otros son incapaces de resolverla: yo de crisis no se nada.

No me convenció, como tampoco convencía a nadie con lo de los deberes. Después de colgar el teléfono pasé las páginas del periódico y comprobé que apenas había espacio para la crisis económica. Ahora lo que preocupa a la población es dónde compra los trajes el presidente de tal comunidad.


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