Café con el Pequeño Filósofo

Querer de Cine

24.04.09 | 08:05. Archivado en Literatura
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(Madridpress) Un señor introduce una hoja en la Underwood y se pone a escribir sin un guión previo, sin una estructura facilitadora que lo oriente ni un argumento que seguir. Sólo escribe. Tiene un cigarrillo entre los dedos, un paquete de Camel sobre la mesa, seguramente un whisky con hielo o un Santa Teresa que ya ha rellenado varias veces. En la habitación hay una luz tenue, más atenuada aún por las nubes de humo que a cada pausa salen de sus pulmones, de forma que se crea una atmósfera muy similar a la de algunas películas. Es de noche, madrugada, y por la ventana llegan, a cuentagotas, ruidos de coches lejanos que no escucha y se ven las farolas que con sus destellos amarillos puntean la noche de Madrid.

Así se imagina uno el proceso creativo de José Luis Garci después de leer uno de sus libros. Es inevitable, no hay que echarle mucha fantasía al asunto. Lo cuenta él mismo. Cuando se descuida se encuentra hablando de sus hábitos y sus vicios, de modo que a ratos se convierte en protagonista de lo que escribe. Pero no es ése el tema. En el último volumen que ha caído por este despacho, Querer de Cine, el tema vuelve a ser el cine en numerosas variantes: el cine negro de todos los tiempos, los directores del Hollywood legendario, los Oscar no ganados por Deborah Kerr más el que ganó, algunos personajes ilustres del cine español y unos desvaríos bastante jugosos sobre Casablanca.

Garci escribe, así lo imagina uno, sin saber a dónde va a llegar ni cuándo va a terminar; como debía de escribir Umbral, con la máquina tecleando ya antes de llegar a casa, pasando sus pensamientos al papel casi antes de salir de la mente, pensando en literatura. Escritura periodística, la crónica, la columna. Algunos fragmentos de este libro habrán salido anteriormente en la prensa, diaria o especializada. Garci tiene algo (¿mucho?) de González Ruano, además del premio que lleva su nombre. Se le nota en el hábito de narrar lo pequeño, con esa virtud para hacer intriga de la preparación de un combinado. Y es descarado cuando dice ¿es que no lo veis? También mucho de Alvite (o Alvite de Garci) cuando busca la imagen metafórica de la que no puedes escapar, como cuando habla de esas mujeres (Bette, Lauren, Simona) que se meten la nicotina en el pecho, te miran a los ojos y saben de ti más que tu madre. Y tiñe esas imágenes de nostalgia personal, como cuando dice: “Fumar de cine. Eso es lo que yo pretendía. Dar caladas en los guateques con el abandono de Mitchum o Bogart”.

El libro se lee con el entusiasmo con que se leen las novelas policiacas que sabemos de antemano que nos van a gustar, porque el argumento y la habilidad del autor son una garantía. Así se lee también uno de los anteriores, Beber de Cine, donde fluyen cócteles como fotogramas, y así suponemos que se leen los demás de la serie. Libros como éste no hacen millonario a nadie, pero por libros como éste existen las editoriales cinéfilas o librerías como Ocho y medio.


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