Café con el Pequeño Filósofo

Los papeles de Cortázar

06.02.09 | 08:06. Archivado en Literatura
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(Madridpress) La noticia de la próxima publicación de los manuscritos personales e inéditos de Cortázar afila el colmillo de sus incondicionales. Pero ¿qué diría Cortazar? Nada bueno, a juzgar por la información que se nos da sobre su intención con respecto a esos papeles, que no era otra sino quemarlos. Lo primero que nos preguntamos es qué contendrían esos papeles (lo sabremos pronto) para que su autor quisiera deshacerse de ellos, y lo segundo es cómo haremos para que los nuestros, los que no queremos destruir en vida porque son parte importante de nuestro patrimonio pero querríamos que vinieran con nosotros al olvido, no sean objeto de estudio como un mono en el zoo. Porque no queremos que se sepa, por ejemplo, que un día no acudimos a una reunión de amigos por ahorrarnos unas miserables monedas o que una vez se nos ocurrió escribir un relato que no nos atrevimos a concluir donde un protagonista en primera persona desea hasta lo inmoral a la jefa del autor, a quien se supone que siempre despreció. Respetar la última voluntad no es una muestra de respeto hacia el finado sino hacia los vivos que pueden verse en ese espejo, igual que un funeral no sirve para consolar al causante sino a los que lo sobreviven.

Ya le pasó a Kafka. Dejó bien claro, quizá más claro que Cortázar, que sus manuscritos debían ser destruidos. Se lo dijo a su amigo Max Brod y hay documentos que lo atestiguan. Sin embargo Brod hizo lo que muchos lectores clamaban, lo que quizá el mundo entero (toda la humanidad salvo Kafka) le pedía y exigía: publicarlos. Ahora pasamos la mirada por la edición de sus Diarios y no podemos dejar de leer, no paramos de violentar la voluntad de quien los escribió, como si lo estuviéramos espiando por el ojo de una cerradura.

Qué diferencia con la publicación de las cartas de Juan Ramón Jiménez, escritas con la mente puesta en la posteridad, recabadas por él mismo para reunir hasta las de su juventud; su publicación posterior no fue una cuestión de respeto, sino de acatamiento de sus deseos. Sí se respeta, de momento, la voluntad de Elías Canetti, tal vez porque se le ocurrió la sutileza de pedir que sus diarios se mantuvieran en secreto durante treinta años, de los cuales ya ha transcurrido la mitad. Esta demora juega a favor de su fama y de la expectación editorial que se producirá cuando llegue el momento.

También tiene este efecto beneficioso el lapso de veinticinco años transcurrido desde la muerte de Cortázar hasta la publicación estos papeles de cómoda. Ahora su viuda, como Brod, se pasa las consignas por el forro. Si plantamos bien los pies en la tierra, entendemos que no se trata de qué diría el finado ante la tropelía, que podría ser cualquier cosa según sus circunstancias y estado de ánimo. La pregunta es qué puede importarle ya a Cortázar, un Cortázar que existe en sus escritos pero no en las pasiones humanas que podrían irritarlo o avergonzarlo. No puede importarle nada. A quien sí le importa es a los vivos, los que leen y estudian la obra del cronopio argentino y ahora se frotan las manos ante el nuevo material. También les importa, pero en otro sentido, hasta el punto de ponerlos en guardia, a aquellos escritores que también tienen la cómoda repleta de papeles y dudan si destruirlos por sí mismos antes de que un tumor inesperado los ponga en manos de un amigo más considerado con los vivos que con los muertos.


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