Café con el Pequeño Filósofo

My blueberry nights

19.12.08 | 08:12. Archivado en Cine
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(Madridpress) La última película de Wong Kar-wai es una continuación de su particular visión del cine, y de la vida. Wong tiene una cámara lenta en el ojo y ve el entorno a su velocidad, la que le permite entrar no ya en la mente de los personajes sino en la parte del corazón donde se refugia el dolor. Todo en sus películas, y en particular en My blueberry nights, está calculado con precisión y pasmoso detenimiento. Incluyendo la música, que desde el primer segundo nos introduce en la historia que quiere contarnos exactamente al ritmo que quiere que la escuchemos.

A My blueberry nights la definen por ahí como “road movie”, una de estas películas de mucho movimiento y diversidad de acción, pero uno diría que tiene más de película de bar, con la quietud o estatismo que ello conlleva. Todo lo que importa sucede en un bar, da lo mismo sin en Nueva York o en Las Vegas. Las relaciones se forjan en el bar, corazones solitarios que huyen de una ruptura y acaban encontrando lo que creían haber perdido para siempre en el lugar donde fueron a olvidarlo; las decepciones se sufren en un bar, entre nebulosas de humo y alcohol de forma que durante un rato uno confunde el fracaso con un sueño pasajero; el dolor se destila en un bar; y además, todo lo anterior se cuenta en un bar, el único lugar donde se puede hablar con la firme convicción, por mucho que sea un espejismo, de que alguien escucha.

No es ésta la única película del honkonés que dedica gran parte de su metraje a escenas tabernarias. En Chungking express un policía acude a diario a un bar o restaurante de comida rápida donde come en soledad, bajo la inquisitiva mirada de una joven camarera que no habla con nadie, y las escenas en este local ocupan la inmensa mayoría de la cinta, casi siempre a ritmo de California dreamin’. Lo bueno y lo malo transcurre en el bar, todo se vive en el bar. En cierto modo recuerda a lo que decía Chris Stevens en el memorable capítulo de Doctor en Alaska en el que Holling le ofrece una participación en su bar: desde pequeño todo lo bueno que le había pasado en la vida había tenido lugar en un bar, los mejores momentos con su padre, las peleas con los amigos, aquel beso, todo.

Y es que los bares dan mucho juego. En un espacio tan reducido Wong reúne toda la paleta, y nos invita a un festín visual y de sentidos, con más erotismo en un solo plano que todas las películas clasificadas como tales juntas. Pero no todo es imagen. Además está la astucia del guión. Una idea sencilla como la de las llaves que se quedan en el bar esperando que vuelvan sus dueños a recogerlas da pie a contar las más variadas aventuras y a desvelar el pasado de los personajes. Historias que se escuchan con sed y que no dejaríamos nunca de escuchar. También está el detalle de la posición de la protagonista, a uno u otro lado de la barra, según esté en trance de perder o de buscar. Y muchos otros detalles que uno, como no es crítico ni entendido ni pretende serlo, no es capaz de identificar ni explicarse a sí mismo. Pero no será mala idea volver a verla para encontrar unos cuantos más, o simplemente para recrearse una vez más en la historia.


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