Desamparados
14.11.08 @ 08:09:28. Archivado en Costumbres
(Madridpress) A medida que avanzamos en la historia y que nos vamos haciendo más civilizados nuestros derechos como personas se consolidan, y se puede decir que hoy gozamos de mayores garantías que en cualquier otro tiempo en relación con, por ejemplo, nuestra posición ante la justicia o ante la administración pública, por mucho que aún nos quede un camino por recorrer cuyo fin no verán nuestros ojos. En el caso particular de los consumidores es justo reconocer que en la actualidad disponemos de recursos a menudo eficaces para contrarrestar lo que vulgarmente denominamos atropellos de los organismos públicos o las empresas. Pero no todo está resuelto.
El asunto de las bajas en determinados servicios, pese a que se ha legislado sobre ello, sigue sin convencer a muchos. Antes la dificultad estribaba en que la empresa con la que tenemos el contrato, pongamos una compañía de telefonía, se diera por enterada de nuestra intención de causar baja en el servicio, para lo cual obligaban a comunicarla mediante un fax que a menudo se perdía y había que perseguir en el limbo del teléfono. El vía crucis se agravaba con los intentos disfrazados de buena voluntad y comprensión por parte de los agentes de la compañía para convencer al causante de la conveniencia de mantener el servicio de alta. “Ya verá que no le resulta muy gravoso,” “pero es que no lo necesito, oiga,” “no importa, en cualquier momento puede necesitarlo de nuevo,” “deme de baja de una vez,” “es que le falta una firma y el último número del deneí no se lee…” Antes era así.
Esa etapa parece que está superada. Ahora el servicio se puede cancelar con una simple llamada telefónica. Eso sí, la operadora se reserva el derecho de efectuar la baja hasta quince días después de solicitada, sin la posibilidad de establecer de antemano el momento preciso de la desconexión. Con lo cual puede ocurrir que uno sea previsor, avise de la baja por adelantado, y la misma tarde se quede sin teléfono ni conexión a internet porque en este caso la operadora ha sido todo lo diligente que no esperábamos. Y en el polo opuesto, el usuario puede verse obligado a pagar una factura de medio mes por un servicio que no utiliza. Y esta práctica la ampara la legislación actual, lo que quiere decir que nuestras protestas tienen pocas posibilidades de prosperar.
No es un asunto realmente grave al lado de otros que llenan las portadas de los periódicos todos los días, pero es un campo de mejora. La justificación de la operadora es que necesita el concurso de un técnico para realizar la baja a pie de calle, y eso no es tan sencillo. Pero el efecto para el consumidor es el mismo que si un restaurante se reservara el derecho de cobrarte un cincuenta por ciento más por el filete con patatas en función de la apreciación del camarero, o si un taxista al final del trayecto nos dijera treinta cuando en el contador dice veinte porque considera que hoy ha trabajado mucho, o si el cajero del hipermercado después de pasar el carrito producto a producto nos endilgara una factura con doce productos que no llevamos por un error del sistema.
No se trata de quejarse por quejarse ni de ponerse en tono ofendido tipo Javier Marías o Arturo Pérez Reverte, que el otro día a la inocente Kate Moss y al bienintencionado diseñador que exhibía su casa con una foto de la modelo esnifando polvo los puso a caer de un burro con una motivación un tanto justita. Se trata de que en el caso en cuestión el consumidor se encuentra desamparado, diga lo que diga la ley. Le clavan quince días de más y tiene que sonreír. Y pagar. El desamparo no es tan terrible como en tiempos pasados, que nos atizaban por todas partes, pero lo suficiente como para que uno exprese públicamente su malestar y no lo tomen por loco. ¿No?
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Alan Ferreiro
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