Queremos ir
07.11.08 @ 08:39:08. Archivado en Costumbres
(Madridpress) Decía Oscar Wilde que sólo hay una cosa peor que la gente hable mal de uno: que no hablen en absoluto. Pero hasta el propio Wilde reconocería que en esto de la reunión del G-20 en Washington lo mejor que le puede pasar al gobierno español es que nadie nos preste atención. Con tanto quejarnos de que no nos dejan ir estamos haciendo el papel del pariente pobre y ponemos en evidencia nuestra precaria situación internacional. La propia lucha por estar presente en la reunión financiera del próximo día 15 demuestra que estamos fuera, que contamos poco. España es la octava potencia del mundo, como recordaba el otro día el presidente de la Comisión Europea Barroso, y sin embargo no está entre los veinte que más cuentan. Es lógico que algunos se pregunten si no tendremos alguna deficiencia diplomática.
El caso es que si el gobierno español estuviera presente en la famosa reunión tampoco pasaría nada. ¿Cuál sería nuestra aportación? (¿Cuál será la aportación de cualquiera en una reunión que se despacha en un rato si sabemos que los asuntos importantes se ventilan por e-mail entre los segundos de los segundos?) Seguramente escucharíamos muy atentos lo que tuvieran que decir los cuatro que mandan, tendríamos con toda probabilidad un turno de palabra coincidiendo con el café de los anteriores, sonreiríamos con cara de circunstancias a las bromas de los otros y nos llevaríamos unas notas interesantes que archivaríamos en el ministerio. De la reunión saldrán unas resoluciones que intentaremos cumplir con mayor o menor rigor, igual que los que las han dictado y que los que no han asistido. De lo cual se deduce que en el fondo importa poco si estamos o no presentes.
No importa en el fondo pero sí importa en la forma. La cuestión es si aparecemos en la foto de familia o no. Para eso queremos ir, para que nadie diga que no fuimos, para que nadie nos eche en cara que cuando se pusieron las cosas feas no tuvimos nada que decir o, peor aún, que no lo dijimos. Y por eso no paramos de llamar a la puerta, pulsando el timbre, golpeando con la aldaba, tirando piedrecitas a los cristales. Pero los señores de la casa están en el piso de arriba y han ordenado que no se les moleste.
Ahora resulta que sabemos el nombre del nuevo presidente estadounidense y Zapatero asegura que el cambio de color “va a tener un impacto en las relaciones bilaterales, que van a vivir una etapa de mayor intensidad.” Campo de mejora para subir la intensidad hay a espuertas. De momento el presidente español ha enviado un telegrama de felicitación al nuevo jefe cuyo texto no es exactamente el que esperaban: “Queremos ir.” Nosotros a lo nuestro. La estrategia hispana es insistir sin tregua, seguir llamando a la puerta, apelar a la comprensión de amigos comunes, juntarse con los que vienen empujando, con la idea de que al final nos inviten aunque sólo sea para que nos callemos. Pero en esto, todavía, la última palabra la tiene el amigo de Aznar, con quien hace cuatro años que no nos llevamos bien.
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Alan Ferreiro
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