Ideas claras y actitudes claras
31.10.08 @ 08:08:52. Archivado en Literatura
(Madridpress) Un artículo de Fernando Savater supone una lectura clara, sin artificios ni trucajes. No es que Savater carezca de estilo literario, es que su estilo es ese, el de la máxima limpieza, el destinado exclusivamente a hacer lo más comprensible las ideas que expone. Otra cosa son sus novelas, como El jardín de las dudas, donde el cómo se dice es elemento fundamental de su calidad. Y ya veremos La hermandad de la buena suerte cuando irrumpa en librerías. Pero en los artículos su refinamiento consiste precisamente en su pureza, en la ausencia de todo adorno.
Savater escribe con entusiasmo, firmemente convencido de sus ideas, fundamentadas en años de merodeo mental, y con un ligero deje de cabreo que le da a sus artículos antes que antipatía, seriedad. Un día le oímos decir que su batalla por la educación y contra el nacionalismo excluyente es una forma de devolver a la sociedad todo lo que ésta le dio en su infancia, juventud y primera madurez. Por su expresión, y sobre todo por lo que dice y escribe, sabemos que ha vivido bien, bien con todas las letras, con comodidad y pudiendo realizar sus inquietudes intelectuales, que es más de lo que muchos pueden decir. Hoy podría retirarse a un buen chalet sobre la Concha y tirar de las rentas de sus libros y de lo que tenga por ahí, pero ha decidido participar al máximo en la vida pública de su tiempo. A Savater, menos que a ningún otro, nadie podrá acusarlo nunca de no haber vivido.
Otra que escribe clarito es Rosa Montero. Sus artículos suelen tener una alta dosis de denuncia, y para hacerla más efectiva la expresa con las palabras más llanas, tal como salen del interior. Se dicen las cosas, tal cual son o tal cual se ven, y se pone el punto final. Hay un público grande para Savater y Montero, y para otros de su estilo como Julia Navarro o Martín Ferrand, que van a la idea antes que a nada.
Luego están los articulistas para quienes el cómo importa tanto como el qué. A veces no cuentan nada urgente, ni siquiera necesario, ¡pero cómo lo cuentan! Eugenio d’Ors, con sus paliques por ejemplo, era un purista del idioma como pocos, quizá como Azorín y alguno más. Julio Camba publicó un libro de artículos titulado Sobre casi nada, y otro Sobre casi todo. González Ruano decía que sus mejores artículos versaban sobre nada, y era capaz de publicarlos en los grandes periódicos. También están, claro, los casos paradigmáticos de Cela y Umbral. El primero eludía premeditadamente los temas de portada, políticas y corrupciones, y el segundo era capaz de crear una actualidad propia que sólo se daba en su cabeza. Y por último tenemos a Alvite, caso extremo de este segundo grupo, tan extremo que a veces, por aquello de que los extremos se tocan, muchacho, parece pasarse al primero.
Para pertenecer al primer grupo y no fracasar desde el título hay que tener un buen montón de ideas sobre diversos temas y además tenerlas muy claras, hasta el punto de poder defenderlas a todo trance; tomar partido por una idea y dar la vida por ella. Para pertenecer al segundo no hay que saber tanto, quizá un poco de todo y de nada, como Camba, en todo caso nada urgente aunque sí importante. En el segundo grupo no se toma partido por una idea sino por una actitud, y también se da la vida por ella.
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Alan Ferreiro
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