Yo no he sido
24.10.08 @ 08:17:23. Archivado en Costumbres
(Madridpress) Desde pequeños hemos tenido la tendencia a auto exculparnos inmediatamente cuando sabemos que podemos ser objeto de una reprimenda a causa de un destrozo. Debe de ser natural al hombre porque está muy extendido en la edad infantil y parece que no se salva de ello ni los que acaban canonizados. Lo reflejó muy bien un capítulo de los Simpson, cuando el pequeño Bart rompió un objeto del decorado en un escenario y su primera reacción fue decir “I didn’t do it”, “yo no he sido.” El público de aquella función rio a sonoras e inexplicables carcajadas y la frase le proporcionó al niño una popularidad sin precedentes en Springfield.
La reacción tiene gracia cuando el interesado es un mocoso de corta edad y sus travesuras se limitan a un jarrón hecho añicos, un pastel desaparecido o una pared manchada de grasa. Pero cuando la frase la pronuncia una persona supuestamente adulta, el auditorio es un juzgado y la travesura tuvo consecuencia la muerte de un ciudadano, la forma de contarlo ya no es un capítulo de dibujos animados sino una crónica en un periódico. Y las risas se sofocan. El acusado de matar a un joyero el año 2006 en Madrid dice que se le disparó la pistola sin querer y que nunca había tenido un arma en las manos. Se trataba de un atraco a mano armada. El reo y los suyos conocían los horarios de la víctima, sabía que llevaría encima una mercancía valiosa y se acercaron a él con una pistola cargada. Por un momento los que hayan oído este yo no he sido en el juzgado han debido de dudar si no se encontrarían dentro de una serie de ficción y les había llegado el momento de soltar las risas y aplaudir.
El otro día un acusado de quemar viva a una indigente en un cajero automático de Barcelona decía que no había rociado a la víctima de gasolina. En este caso estábamos ante una pandilla de adolescentes matones que llevaban un bidón y conocían el paradero de la indigente. Se llegaron hasta ella con el bidón y a los pocos segundos la mujer salía ardiendo en llamas. La cosa parece estar bastante clara, grabación incluida, pero siempre habrá alguien que encuentre una excusa que oponer.
Tanto uno como otro asunto parecen sacados de la primera novela de Mario Vargas Llosa. En La ciudad y los perros un cadete muere a causa de un disparo en la nuca cuando su unidad hacía prácticas en el monte. El asunto es muy similar a los anteriores porque nadie, ni los compañeros ni los mandos, tienen el menor conocimiento de lo ocurrido, todos tienen las manos limpias, ellos no han sido. Pese a que el tiro le llegó por detrás, el colegio militar concluye que el cadete incurrió en algún tipo de negligencia y que el arma se le disparó.
En la novela de don Mario al final sabemos que el culpable del disparo ha sido otro cadete que, encolerizado con la víctima por un asunto ajeno, había aprovechado la circunstancia para quitarlo de en medio. La ficción literaria es lo que tiene, que permite resolver en la conciencia del lector un caso que al principio estaba camuflado detrás de un yo no he sido muy oportunamente pronunciado. Al joyero de Madrid lo disparó alguien, y alguien tuvo que prender fuego a la indigente de Barcelona. Pero de momento dos providenciales yo no he sidos pretenden ocultarnos la verdad. Al final el culpable siempre es Bart Simpson. Lo difícil es probarlo.
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Alan Ferreiro
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