Proyectos
05.09.08 @ 08:02:38. Archivado en Costumbres
(Madridpress) Todos los años, durante las vacaciones de verano, nos proponemos emprender nuevos retos. En la playa sobra tiempo para pensar en todo lo que durante el año hacemos mal y, sobre todo, en lo que no hacemos, y como quince días de inactividad absoluta acaban por exasperarnos empezamos a hacer planes y nos convencemos de que esta vez seremos capaces de aprender inglés en nueve meses y de asistir al gimnasio hasta hacer estallar nuestras camisetas. Después, cuando se termina la inactividad y las obligaciones nos superan, perdemos el impulso, y cuando llega el siguiente verano nos damos cuenta de que una vez más hemos fracasado en nuestro intento. No obstante, volvemos a hacer planes porque está en la naturaleza humana buscar, intentar, emprender, superarse. ¿Para qué vivimos, si no?
Un objetivo típico es el de hacer más deporte, o simplemente hacerlo. A partir de ahora, desde este mismo instante, todos los días un poco, no menos de una hora, ya sea bicicleta, tenis, caminar. O natación, ya está. Hasta los médicos lo recomiendan. Un bono de diez baños en la piscina municipal cada mes y el próximo verano me las tendré que quitar de encima. Tan fácil como eso. Y sin embargo la estadística, la propia, nos dice que con toda probabilidad el primer bono acabará caducando antes de consumirse la mitad.
Hay proyectos más ambiciosos, como el de quien decide abrir un nuevo negocio o mejorar en su trabajo. Los hay que se agradecerían mucho. Por ejemplo, algunos políticos podrían pensar menos en el partido y más en el ciudadano, el camarero que me atendió ayer podría intentar secarse el sudor de la frente para que no cayera una gotita sobre el plato, las cadenas de televisión podrían proponerse incluir menos publicidad en medio de sus programas y dejar hasta el final los títulos de crédito de las películas y algunos columnistas podrían aparcar su tono agresivo y dejar de despotricar contra todo por sistema. No se conseguirá más que durante un rato, pero el mero propósito ya es un buen signo.
Uno se conformaría con ser más productivo en su trabajo. El otro día leía una entrevista a John Grisham en la que el escritor desvelaba su plan diario. Se levanta temprano y desde las siete más o menos ya está redactando uno de sus best sellers hasta las once. Por la tarde un poco de deporte y estar con la familia. Así es capaz de publicar un libro millonario cada año. Pero no voy a pretender terminar un superventas cada doce meses como el estadounidense ni vender una media de diez millones de ejemplares por cada título. Si lo pretendiera, el fracaso estaría casi asegurado y ya estaríamos como siempre, igual que con el bono caducado. Así que empezaremos por cumplir el plan de trabajo.
Precisamente en la playa de Denia un turista alemán que se defendía bastante mejor que yo en inglés me hizo pensar en todo esto (¿debería volver a estudiar inglés?) y me dijo algo que me sonó a enseñanza oriental. Debía de estar jubilado, por las arrugas y las canas y ese aire de no tener prisa para nada. No tenía pinta de ser uno de los socios propietarios de la Volswagen o un antiguo productor de salchichas forrado de dinero, sino un trabajador como otro cualquiera. Uno de tantos hacedores de planes durante el verano. Acudía a diario con su sombrilla a una zona de baño concurrida y se apoltronaba en la tumbona con un libro en la mano. No parecía inquieto como otros sino más bien satisfecho, como si hubiera visto en la vida todo lo suficiente para sonreír. Yo, me dijo, para este año tengo el firme propósito de no hacer planes. Ya está bien de fracasos.
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Alan Ferreiro
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