Café con el Pequeño Filósofo

Dinero y opinión

22.08.08 | 08:35. Archivado en Literatura
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(Madridpress) En la época del año en que más se relajan los deberes uno suele buscar algún libro acorde con su estado de ociosidad. Este año le ha tocado turno a una novedad, La bodega de Noah Gordon, una novela de lectura amena y fácil consumo. Noah Gordon no pretende aportar nada nuevo a la literatura, ni un punto de vista narrativo sorprendente ni un lenguaje personalísimo ni un estilo inconfundible. Lo único que quiere es contar una historia, y lo hace basándose en una documentación concienzuda y un argumento sencillo bien encajado en el momento histórico escogido. Por eso consigue un producto resultón, de esos que se venden por cientos de miles en todos los continentes y se encuentran repetidamente en las playas y los vagones del tren.

La bodega sigue la estela de otras novelas que no han obtenido buenas notas en la crítica pero sí en los libros de contabilidad de sus editoriales, como Los pilares de la tierra o La catedral del mar. Sólo con citar estas novelas algunos escritores serios, de los que buscan la perfección literaria o la aportación singular, sienten el sabor de la bilis que les sube del estómago. Si esas novelitas supuestamente fáciles de elaborar se venden con tal rapidez, ¿por qué las mías no las leen ni mis amigos cuando se las regalo?

Sin embargo estos bestsellers no tienen buena prensa. En una conferencia reciente el escritor Luis Mateo Díez decía que una persona leída no lee El código Da Vinci porque no soporta sus numerosos defectos. ¿Es eso un axioma o el parecer de alguien que toma parte en el debate? Estamos ante la eterna discusión entre calidad literaria que deleita a unos pocos y producto industrial destinado al gran consumo. Ciudadano Kane o Indiana Jones. Y la discusión es de verdad antigua. Lope de Vega decía que “como las paga el vulgo, es justo hablarle en necio para darle gusto.” Y en el Quijote, hace cuatrocientos años, Cervantes aseguraba que las comedias “que llevan traza y siguen la fábula como el arte pide, no sirven sino para cuatro que las entienden, y todos los demás se quedan ayunos de entender su artificio, y que a ellos [los dramaturgos] les está mejor ganar de comer con los muchos, que no opinión con los pocos.”

Ocurría en el Siglo de Oro y sigue ocurriendo en el XXI. Si Noah Gordon o Dan Brown ganan dinero a espuertas, Luis Mateo Díez o Álvaro Pombo se llevan toda la opinión. No se trata de justicia, de que a mayor mérito más éxito. Ni siquiera se trata de una elección del autor porque es muy raro el que tiene la capacidad para elegir si se sitúa a éste o al otro lado del mercado. Se trata sencillamente de que cada uno escribe lo que puede.

1 comentario


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Comentarios
  • Comentario por Begoña Gil 02.09.08 | 14:20

    El otro día mi vecina (la de abajo) fue a comprar "algo que leer". Cuando regresó del C.Ingles y llamó a mi puerta para enseñarme la bolsa que contenía "La catedral del Mar", le pregunté que le había llevado a comprar un bestseller. Respondió que había muchos ejemplares de este libro apilados y que casi todos los clientes lo estaban comprando.
    ¿Como es posible? ¿Acaso no compras un libro por lo que tiene de fantástico adentro?
    Tal vez la respuesta sea que no se elige lo que se lee sino lo que le meten a uno por los ojos...
    Saludos
    B.Gil
    (Alan me encanta tomar café leyendo al pequeño filósofo. Buen trabajo)

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