Piratear libros
02.05.08 @ 08:58:08. Archivado en Literatura
(Madridpress) Hace unos meses un juez decidió absolver a un sujeto al que acusaban de piratear en exceso a través de internet. Si condenaban a éste, entonces debían hacer lo mismo con ¿cuántos millones de internautas que alguna vez han aprovechado que, ya que está ahí, tan a tiro, me la grabo y así no me la tengo que comprar? No hay mazmorras suficientes, no hay jueces suficientes. El motivo de la absolución, dicen, es que lo que copiaba de internet lo usaba de modo particular o para compartir con amigos, no lo distribuía con fines comerciales. Es decir, no existía ánimo de lucro.
¿Podemos entonces copiar cualquier canción, película, partitura, libro siempre y cuando lo disfrutemos en casa? Siguiendo al juez, podemos copiar un disco de Rosana, y Rosana puede leer en pantalla nuestra última novela. Y aquí no ha pasado nada.
En el mercado del libro, no creemos que el pirateo de los internautas incida gran cosa sobre las ventas. Hay un lector de librería, que compra en la tienda y disfruta de la compra, porque escoge entre innumerables títulos y autores, porque lee la contraportada y las solapas y alguna página al azar, porque toca el objeto y pasa el dedo por el filo de las hojas y las oye deslizarse, porque huele a papel. También hay un lector de biblioteca que hace lo mismo que el anterior, salvo quizá lo del olor, y no paga por ello ni retiene el libro en casa. Y luego está, supuestamente, el lector que busca en internet. Esta última categoría en realidad no la conocemos personalmente, y por la experiencia propia de lo que significa leer un libro nos atrevemos a aventurar que la formarán muy escasos individuos. El lector de internet lee porque encuentra en internet, pero difícilmente se desplazaría a la tienda a comprar, luego no se puede decir que internet esté fagocitando el mercado del libro.
Ahora existe una página web, lulú o algo así, que permite al autor una especie de edición sin gastos. Se cuelga el texto, la novela, poemario, ensayo, en internet, se exhibe donde proceda y más tarde se imprime a petición del cliente interesado. Ignoramos donde está el secreto, pero estamos convencidos de que, hoy por hoy, el invento no va a hacer del escritor un superventas. Podrá llevarse un porcentaje muy alto del precio final, hasta un ochenta según parece, mucho más que el diez tradicional, pero un ochenta de nada es nada.
De momento el mejor modo de dar a conocer la obra escrita de uno es el libro editado en imprenta, con aparato editorial de por medio y todo eso. Y que copie quien quiera copiar.
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Alan Ferreiro
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