Día del Libro
25.04.08 @ 08:28:49. Archivado en Literatura
(Madridpress) Nos creemos que el Día del Libro es un día grande para los lectores, que leeremos como nunca, que seremos capaces, excepcionalmente, de devorar en una sola jornada varios volúmenes y de aprovechar la totalidad de su contenido como si los hubiéramos ido asimilando en un largo proceso de semanas. Nos creemos que no puede haber mayor dicha para un lector que vivir este glorioso y señalado Día, y deseamos que todos los días sean 23 de abril para no parar de leer.
Pero no. En el Día del Libro una de las cosas que apenas se puede hacer es leer. Fue el pasado miércoles, y apenas abrimos un libro. En todos los rincones, en cualquier ciudad con un mínimo aprecio por la cultura, se programaron actos de toda laya para festejar la efeméride. Hubo discursos, mesas redondas, presentaciones de libros, invitaciones a copa de vino español, conciertos de jazz entre expositores de libros. En la madrileña cuesta de Moyano dicen que se vendieron hasta 3.000 libros al precio de un euro y en los alrededores del edificio de la Bolsa se “liberaron” ejemplares en número indeterminado. Las bibliotecas públicas ofrecieron representaciones para los más pequeños, además de títeres y cuentacuentos. La librería Rafael Alberti acogió un homenaje a José Luis Sampedro haciendo una lectura “participativa y continuada” de Monte Sinaí, la librería Altazor, de Majadahonda, presentó el último libro de Carlos Salem a ritmo de jazz, el Círculo de Bellas Artes inició una larga lectura del Quijote en tres días y la Casa Encendida abrió su Noche de los Libros con la presentación de Nocilla Experience. Hubo muchos actos más, en lugares incluso que uno desconocía como propagadores culturales. Y otros tantos que ignoramos.
Uno intentó apuntarse a la celebración asistiendo a alguno de estos actos pero, al finalizar la jornada, le quedó la sensación de no haber abarcado gran cosa, como si no hubiera dado más que un solitario lametón en la gran piruleta de la fiesta. Acudir a uno solo de estos actos excluía muchos otros igual de interesantes que hubo que posponer para peor ocasión. Necesariamente se perdieron muchas oportunidades. Pero lo que en ningún caso pudo hacerse, a poco que uno quisiera sentirse parte de este gremio, fue sentarse en el sillón y abrir un libro para leer plácidamente.
Y es que no era el día de la lectura, ni siquiera lo era del lector. Era el Día del Libro.
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Alan Ferreiro
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