Hartismo
11.04.08 @ 08:20:37. Archivado en Costumbres
(Madridpress) La semana pasada Manuel Rivas nos avisaba en su artículo semanal de la nueva vanguardia llamada hartismo, expresada por Antonio López –“estoy harto de Picasso”- y por Francisco Ayala –“estoy harto de Francisco Ayala”-. Una vanguardia que nos parece de ahora, que sólo en estos días podría tener sentido, pero que, si lo pensamos fríamente, sirve para cualquier época pasada y seguramente también futura. La novedad no está en la posibilidad de su existencia sino en proclamarla, en ser capaz de expresar bien alto el objeto de nuestras inquinas más dolorosamente persistentes. A mí personalmente me gusta esta vanguardia, porque dice mucho y sirve de bálsamo reparador para escocidos. Todos podemos sentirnos identificados con ella, todos somos vanguardistas de algún u otro modo porque siempre tenemos alguna espina de la que hartarnos.
Pero precisamente por eso, por que está tan alcance de todos en cualquier tiempo y lugar, es por lo que esta vanguardia tiene difícil pasar a la historia como tendencia cultural propia de nuestra época, como lo fue el romanticismo del diecinueve o el esperpento de los primeros veinte.
Sin embargo hay casos excepcionales cuyo acercamiento a esta vanguardia pueden convertir al hartismo en un auténtico hito histórico. Si, por poner un ejemplo, y siguiendo el razonamiento de Rivas, Mariano proclamara estar harto de Rajoy perdería la mitad de sus votos incluso entre los hartistas; y un hartismo de interior, sólo para la familia, es un hartismo mediocre, sin sello de calidad y sin posibilidades de éxito. Pero si fuera capaz de hacernos creer que su sentimiento es sincero confesando además que detesta esa inclinación suya a la oposición agresiva e insustancial y proclamándolo en público incluso como arma política, pocos serían los periódicos europeos que no dedicaran sus portadas a la nueva vanguardia española. Si, por extender el ejemplo, Rodríguez Zapatero reconociera estar harto de maquillar verdades en sus discursos electorales, de manipular los datos según le aconsejan sus asesores, de sonreír políticamente ante quienes ni siquiera conoce, de codearse con dirigentes internacionales a los que ha despreciado en público y de otras tantas cosas, ¡cuánta simpatía cobraría a ojos de millones de hartistas de este país y del mundo entero! ¿No sería ésta una nueva forma no sólo de hacer política sino de enfrentarse a la vida? ¿No estarían nuestros políticos incitándonos a salir a la calle y gritar al viento que somos libres?
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Alan Ferreiro
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