Cartas
21.03.08 @ 08:05:12. Archivado en Literatura
(Madridpress) La Residencia de Estudiantes publicó hace ya más de un año Epistolario I: 1898-1916, primer volumen de la correspondencia de Juan Ramón Jiménez con amigos, familiares y otros poetas. Algunos estarán ya esperando la publicación del segundo y tercer volumen de que constará la obra, y otros quizá no quieran verse aparecer por esas cartas.
Pero lo que uno se pregunta es qué pensaría el propio autor de todo esto, si estaría de acuerdo en que un buen día, medio siglo después de su muerte, le publiquen sus textos íntimos de toda una vida para que los pueda leer cualquiera. Cartas enviadas a una novia adolescente, las de agradecimiento a un editor por publicarle su primer libro, las de enfado con un banquero, las de disculpa con la esposa por una falta cometida que pudo provocar una ruptura. Siempre hay cosas pasadas que nos aguijonean la memoria, que no queremos recordar ni que nos las recuerden, y mucho menos verlas expuestas ante los demás. Lo normal, lo que hacemos la inmensa mayoría de los mortales, es guardar esas cartas en un cajón bajo llave, fuera del alcance no ya de la prensa o las editoriales sino de manos amigas y familiares, incluso de nuestras propias manos para evitar perniciosos ataques de nostalgia.
Pero para todo hay excepciones. JRJ no era de éstos. El poeta debía de saberse excepcional, y quizá por eso escribía sus cartas con buena letra, pensando más en el futuro que en el objeto del texto que enviaba, incluyéndolas mentalmente en el conjunto de su obra. Y no le faltaba razón al estimar así sus misivas, aunque sólo fuera por los destinatarios: Rubén Darío, Unamuno, Eugenio d’Ors, Ortega, Antonio Machado.
A pesar de que JRJ se sabía excepcional, en un primer momento le faltó previsión para escribir dos veces cada carta, para quedarse un ejemplar con vistas a su posterior publicación. Eso explica la nota abierta que un día lanzó a los periódicos: “Juan Ramón Jiménez ruega a las personas que posean cartas suyas –y tengan a bien darle este gusto- que hagan el favor de enviárselas para sacar copia; hecho lo cual les serán devueltas. Gracias.” Esta enmienda le devolvió al selecto grupo de los previsores, como Elías Canetti, cuya última voluntad fue que no se publicaran sus diarios hasta treinta años después de su muerte, previendo ya el interés de los editores en hacerlo, o fomentándolo.
La buena letra de las cartas que se escribían entonces, cuando el correo más ordinario constaba de papel, contrasta con los incontables correos electrónicos que circulan hoy por el espacio invisible repletos de abreviaturas ilegibles, de signos de interrogación impares y de exclamación multiplicados, dolorosas faltas de ortografía y ausencia de sintaxis; y también con algunos blogs en los que vale todo, cualquier idea post digestiva expresada en forma de hez. Hoy algunos, al contrario que JRJ, tendrían que lanzar avisos públicos para que aquellos que posean correos electrónicos suyos “por favor los destruyan para siempre”, como el actor porno que, una vez que triunfa en el cine para todos los públicos, paga una millonada por que se retiren del mercado y caigan a la hoguera sus películas iniciales.
JRJ escribió con buena letra lo que sólo eran cartas. Me pregunto qué caligrafía gastaría en nuestros días para escribir un blog o un artículo como éste.
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Alan Ferreiro
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