Café con el Pequeño Filósofo

Vidas escritas

25.01.08 | 08:41. Archivado en Literatura
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(Madridpress) Nos gustan las biografías, esos libritos que en un puñado de páginas hurgan en la existencia de las personas y sacan, según gusto del autor, lo peor de ellas o lo mejor o lo más divertido o lo más inverosímil. Si Desgarrados y excéntricos de Juan Manuel de Prada nos pareció una obra sorprendente y reveladora (y no sólo por los datos desvelados sobre los personajes elegidos), las Vidas escritas de Javier Marías las identificamos con la lectura de las mejores novelas de aventuras, y no nos importa si las múltiples anécdotas que nos cuenta son auténticas o apócrifas, si algunos episodios han sido, en palabra del autor, “adornados”. Uno imagina que los propios personajes biografiados, incluso los más agraviados, aprobarían estas semblanzas y las releerían cada cierto tiempo para no mirarse siempre en el mismo espejo de su egolatría.

Se trata de un compendio de veinte pequeñas semblanzas de cuya lectura, como en una buena obra de ficción, extraemos una imagen vigorosa, una impresión tangible, un aroma característico que asignar al personaje, o al menos una frase o un adjetivo que lo recuerda con buena o mala intención, casi siempre divertida, y que nos queda con independencia de la opinión que nos hayan merecido los escritos que nos dejó a su muerte, o de que los hayamos leído o no.

Así, encontramos un William Faulkner soberbio, un James Joyce insoportablemente fanático, un Iván Turgueniev desdibujado, un Tomasi di Lampedusa aristocráticamente sencillo o un Henry James dolorosamente puntilloso. Vladimir Nabokov nos ha parecido demasiado desmitificado, Rudyard Kipling un señorito indio, Arthur Rimbaud otro y hediondo, Oscar Wilde mullido y Thomas Mann ciego de amor propio. Gracias a la imaginación del autor, recordaremos con mayor cercanía a Robert Louis Stevenson, que, tras prender fuego imprudentemente a un bosque salió corriendo para no ser descubierto “como sólo corren los hombres sabios y los cobardes.” Y a madame Du Deffand, hastiada de vivir, quien dijo que “todas las condiciones, todas las especies me parecen igualmente desgraciadas, desde el ángel hasta la ostra; lo molesto es haber nacido.” Y a Yukio Mishima, el masturbador homicida que se hizo el harakiri tras el frustrado intento de lo que parecía un ingenuo golpe de estado.

Probablemente, todos los adornos o exageraciones que haya introducido el autor, como pudieran ser las ciento cuarenta invitaciones a cenar que aceptó Henry James durante la temporada1878-78 (o no), son en parte el motivo de que estas Vidas se lean tan gustosamente y que hagan de cada semblanza una especie de pastiche, una ficción basada en realidades donde no sabemos, y no deseamos saber, qué aspectos quedaron en su día en la Historia y cuáles han sido incorporados ahora (o en 1992, fecha de su primera publicación completa, e incluso antes, en sus publicaciones parciales de la revista Claves de Razón Práctica) por la humorística inventiva de Javier Marías.

Al acordarnos de todos ellos, y de los que no fueron incluidos en estas Vidas escritas, tendremos ya en cuenta esta frase lapidaria: “la posteridad cuenta siempre con la ventaja de disfrutar de las obras de los escritores sin el incordio de padecerlos a ellos.”


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