Bares de hotel
18.01.08 @ 08:40:22. Archivado en Costumbres
(Madridpress) A uno le sienta bien la copa nocturna bebida en un hotel, a ser posible un buen hotel, con un poco de lujo en plan Savoy londinense o simplemente un poco de pijerío o de esnobismo. La copa de hotel suele ser una copa silenciosa, sedante, sin malos humos, adornada con música suave muy de ascensor, esa música que no se escucha sino que funciona como fondo de decorado y le da al paisaje un tono más años treinta, o más años sesenta o más intemporal. Y esto último es lo mejor, porque la copa de hotel es como un receso artificial fuera del tiempo y del espacio, un paréntesis donde pierde importancia el trato humano, sólo ese líquido beatífico servido en un recipiente brillante y tú.
La copa de hotel nos convierte en una especie de autómatas con una animación limitada, y si nos la tomamos acompañados de alguien ese otro tiende a contagiarse del artificio y se convierte para nosotros en parte de ese paisaje a la vez cálido y sin vida en el que flotamos, como ajeno a la realidad. La copa de hotel puede parecer un tanto aburrida, y quizá lo sea, pero ya sabemos que el aburrimiento da paso al ensimismamiento y éste al disfrute pleno de la menor nimiedad, como puede ser un buen trago de tu combinado preferido, y así el círculo se cierra entre sus efluvios.
La copa de hotel desarrolla todo un mundo a su alrededor: una experiencia, una fantasía, una literatura, una leyenda. Algunas escenas de película con copa de combinado sólo podían tener lugar en el bar de un hotel. Quizá la clave esté en que la pregunta “¿en tu casa o en la mía?” pierde aquí su sentido y cualquier acercamiento intencionado puede acabar en lo más carnal en lo que tarda el ascensor en subirte al séptimo cielo. ¡Cuántas historias tórridas se habrán fraguado en los bares de los hoteles para concluir al amanecer tan solo unas plantas más arriba! Viajantes de comercio, ejecutivos, conferenciantes, deportistas e incluso políticos en campaña electoral. Todos son carne de cañón, todos lo somos, todos los que un día demoramos la hora del sueño para bajar al vestíbulo y pedir un gin fizz.
Por eso, y por muchas cosas más, no parece descabellada la ya vieja idea de la cadena NH de crear una colección de libros de relatos cuyos argumentos transcurren en hoteles, y por tanto muchos de ellos en sus respectivos bares incluyendo como personajes a sus respectivos barmans.
Sentado en esta butaca, en la recepción del Carlton, en medio de una sala amplia y acogedora iluminada por una luz clara y cálida, escuchando estos acordes mezcla indiscernible de Beatles y de Beethoven, saboreando una copa larga y helada, a uno le da por pensar que en este momento no podría estar haciendo nada mejor en la vida.
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Alan Ferreiro
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